lunes, 15 de diciembre de 2014

El etnoespectáculo por Arturo Torrecilla: una mirada punzante al theme park de la etnicidad

La salida del nuevo libro del profesor Arturo Torrecilla, El Etnoespectáculo, no pudo ser más oportuna. Obra que salió de imprenta apenas el pasado 25 de noviembre, ya es conversada en foros académicos y entre un variopinto sector de la intelectualidad en Puerto Rico.

Llega a tiempo Torrecilla con este trabajo para ayudarnos a descifrar los entuertos de una crisis cuya dinámica asfixiante puede ser leída y entendida, en consecuencia, como el resultado de un absurdo espíritu neonacionalista convertido en un provincianismo exótico-turístico, proceso que, por su parte, el autor habrá de denominar “paradigmatic tourist turn”.

Transfiguración ésta que le permite al neonacionalismo dejar atrás todo vocablo redentor para ser objeto, imagen, y performance, de una exhibición turística para los propios habitantes de la isla, así como para los Otros, sean éstos definidos por un simplista "esos no son de aquí”, o por cualquier otro criterio diferencial de su etnicidad. 

En esta exhibición, las formaciones sociales y políticas, así como los individuos particulares que las componen, e igual los personajes de una aturdida e insular intelligentsia, asumen sus roles particulares como parte de este juego identitario —el etnoespectáculo— tan desesperado como ficticio, por su profunda hipocresía, como también, sin duda, políticamente desquiciado.  

Se trata de un provincianismo que acude a divinizar la patria de ahí sus lindes con el nacionalismo— pero nunca al punto de asumir la vocación de constituir un Estado-nación. Su manifestación más extrema, venida de una tradición nacionalista y socialista, reacciona a la ineludible globalización, y al apoyo mayoritario de la ciudadanía a la federación con los Estados Unidos, ejecutando el performance con sus propios personajes de una visibilidad militante frente al yanqui.  

Visibilidad militancia que realmente es sólo eso: imagen, apariencia, etnoespectáculo, selfie a 4 gigabytes. Aunque de dársele la oportunidad a estos performers, podrían causar desastres mayores a los que ya han hecho a la convivencia democrática y a la propia democracia en Puerto Rico y la región.

Un provincianismo, en fin, que en su modo de hacer la política y de ejercer la administración del gobierno —particularmente en su función fundamental de formular la política fiscal y de desarrollo económico— su manifestación más elocuente con toda seguridad ha sido, y así constará en oscuras notas al calce sobre la mediocridad máxima en los libros de Historia, aquél famoso “me vale”.

Ciertamente, si se tratara meramente de lo que señalo hasta aquí tal vez bastaría repasar con cuidado La ansiedad de ser puertorriqueño, del mismo autor, libro al cual hice referencia en mi artículo anterior. Sin embargo, Arturo Torrecilla hace una nueva aportación en El etnoespectáculo: explora directamente diversas ramificaciones de la genealogía de La ansiedad y hace uso de instrumentos conceptuales adicionales que el lector sabrá hallar.

Entre La ansiedad de ser puertorriqueño y El etnoespectáculo existe un hilo conductor  evidente. La primera obra identifica las características y los componentes de la sociedad puertorriqueña, y parte de un método de análisis develado por su propia ejecución, muy distinto de aquellos originados en el nacionalismo del siglo 20, por un lado, y por el otro, de las explicaciones atadas al marxismo isleño en sus diferentes sabores, todo lo cual planteó una ruptura definitiva de Torrecilla con el radicalismo, cosa de la cual algunos no quisieron o no pudieron percatarse.

El etnoespectáculo, por su parte, se dirige de manera punzante y profunda a las cualidades específicas de las especies del theme park del absurdo en el que ha devenido la sociedad puertorriqueña en su proceso de descomposición, y enfrenta la pretensión de algunos de mantenerse agarrados a sus cadáveres como rito de reafirmación de convicciones que en realidad no tienen.

Para añadir a la infamia —y ésta me parece es una de las razones evidentes de la pertinencia de esta obra—, entre estos algunos hay otros, a su vez, que utilizan discursos e imaginarios dogmáticos del pasado distante, o relativamente reciente, como vestiduras de su peculiar exotismo para beneficiarse de posiciones en el descalabrado aparato gubernamental, en instituciones educativas, culturales y de servicios sociales non-profit, así como, paradójicamente, en entidades de todo tipo en los furiosamente rechazados Estados Unidos.

Llega a tiempo esta obra, concretamente a fines del año 2014, período para el cual la alcaldesa de San Juan, capital de Puerto Rico, Carmen Y. Cruz Soto, como si quisiera validar las hipótesis y descripciones del profesor Torrecilla, ha armado un dispositivo de distracción de la atención de la ciudadanía sobre la crisis de la isla, basado en un populismo neonacionalista y de un subido tono costumbrista —que trata de patentizar como su exclusivo trademark y que hace juego con el vestido politiquero de su gestión—, mediante el desarrollo de actividades múltiples en todas las plazas y espacios disponibles en el islote en donde se encuentra la zona histórica de esta municipalidad, desde principios de diciembre hasta fines de enero del próximo año.

Estos eventos, con una duración casi diaria por 60 días, se han impuesto haciendo caso omiso —y de una manera insensible— a las inquietudes manifestadas reiteradamente por los residentes del conocido Viejo San Juan.

Además de desviar la atención del desplome del modelo colonial, puede inferirse que el objetivo de la alcaldesa, y del grupo de funcionarios intoxicados por un poder decadente que la acompañan en su gesta autoritaria, es dar una muestra del ejercicio bully del poder mediante la “toma” de la ciudad histórica, y hacer saber que “tenemos el poder y nosotros nos imponemos

Precisamente a esta hora de una crisis general en Puerto Rico, ante la cual, desafortunadamente, un sector de la intelectualidad puertorriqueña parece permanecer en un cómplice mute mode, se hace patentemente necesaria esta obra de Arturo Torrecilla, que se confronta a sí misma, en tanto mecanismo que, al señalar, se libera, y confronta directamente, como parte del proceso de transformación, a los participantes de este festival sin sentido que no lleva a ninguna parte, si no se “encajan las piezas en su lugar.”

Finalmente, como en el caso de mi artículo previo sobre la publicación de la segunda edición de La ansiedad de ser puertorriqueño, dejo que sea el propio autor quien cierre estos comentarios con una cita directa del prólogo a El etnoespectáculo
Siendo la intelectualidad de la radicalidad extrema una intrigante figura que nos revela una anomalía sociológica civilizacional en lo que teorizo como el loser-winner, ésta ha sido lo mismo derrotada que simultáneamente también –y de modo paradójico- premiada. Esta intelligentsia, cuya representatividad en la Academia de la Universidad del Estado de Puerto Rico –como asimismo ubicada difusamente en otros ámbitos institucionales del país- cultiva lo mismo su alucinada visión de mundo de militante combativo junto a la presunción de mantener su investidura como académico, sin embargo, vive en el presente el ciclo mortuorio de su decadencia.
Aquel que entre los mortales tiene luces sobre su propio devenir destinado hacia su descomposición por lo que era una manera de obrar malograda, hace usualmente algo de modo urgente para redimirse. En el lenguaje que heredamos del mundo religioso, como también filosófico, se nombra esta intensa experiencia bajo la semántica del periplo que va de la agonía a la conversión. Ensayo abordar en esta obra, unas veces de modo fabulado de acuerdo a criterios de una narrativa que se inspira de la teoría ficción y, otras, de manera más explícita desde el punto de vista empírico, la relación entre la demostrada agonía y la reculada conversión de la intelectualidad extrema signada bajo el melonismo. Sus condiciones de posibilidad más que favorables que esta “clase del saber” tiene para estar maduramente a la altura de los tiempos como, asimismo, su minusvalía crónica para corregir el callejón sin salida en que se encuentra, es lo que este libro tiene por horizonte como reto para explicarse.
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Nota: 

Este libro se publica por Publicaciones Puertorriqueñas. Se distribuye a través de las librerías Norberto González, Mágica y Fénix en Río Piedras; La Tertulia de El Viejo San Juan; y, en Ponce, en la librería El Candil.

Por otro lado, el libro está disponible en la librería electrónica de Publicaciones Puertorriqueñas, www.ppeditores.com , en la que se aceptan pagos por Pay Pal. Los interesados también pueden comunicarse a través de servicio@ppeditores.com o con Neida Aponte, Asistente Administrativo, al correo electrónico neida@ppeditores.com y al (787) 759-9673.

(Este artículo fue editado el 17 de diciembre de 2014.)

miércoles, 15 de octubre de 2014

"La ansiedad de ser puertorriqueño” de Arturo Torrecilla: una nueva lectura indispensable

Comparto esta nueva visita a La ansiedad de ser puertorriqueño, en su segunda edición con prólogo del 2014, de la autoría del profesor Arturo Torrecilla, obra que no ha perdido vigencia —todo lo contrario— respecto a los asuntos medulares que trata, aunque tal vez podrían ser objeto de discusión algunas de sus premisas teóricas, puesto que este libro fue publicado originalmente en el año 2004, hace diez años, cosa que el propio autor reconoce.

En todo caso, este es un asunto que sólo podrá evaluar el lector tras realizar una nueva visita a este libro a través de esta segunda edición, o tras tener su primer encuentro con esta obra profunda, y provocadora para todo estudioso de la sociedad puertorriqueña.

Torrecilla es un escritor intenso, denso, y apasionadamente riguroso. En “La ansiedad de ser puertorriqueño”, disgrega las contradicciones de la clase política e intelectual puertorriqueña, y la cultura boricua como factor identitario.

El autor no sólo describe, sino que lanza pistas analíticas dirigidas a comprender estos elementos sociopolíticos y socioculturales  Es una obra mayor, en todo rigor y derecho, este libro que plantea y constituye una reflexión sobre lo que Torrecilla definió, con atino premonitorio desde su primera edición, el "etnoespectáculo que captura la ansiedad identitaria en la sociedad puertorriqueña".  

Esta obra es una conversación punzante que cuestiona y devela las máscaras que ocultan un llamado ser puertorriqueño, más complejo que aquél dibujado por las consignas fantasmagóricas de tiempos pasados, y las premisas que lo engloban en una categoría uniforme, y sencillamente obtusa, no sólo mediante el análisis sociológico, sino a través de señalamientos de un profundo carácter político, algunos de los cuales hay que saber encontrar —y añado disfrutar— como quien lee a Borges.

Esta obra tiene, en mi opinión, un peso histórico de igual o tal vez mayor envergadura al del célebre ensayo de Antonio S. Pedreira, Insularismo, publicado en 1934. En su minucioso estudio de la sociedad puertorriqueña, Torrecilla pone el dedo en la llaga, y reta las perezosas nociones de lo que se ha dado por llamar puertorriqueñidad, insertando en la discusión nuevos enfoques y perspectivas de análisis.

La ansiedad de ser puertorriqueño no sólo provoca, en mi caso, la relectura de un interesante libro de análisis de la sociedad puertorriqueña, sino una vuelta al jardín de sus intensas y deliciosas reflexiones que, como el buen y paciente ebanista que también es, Torrecilla va armando hasta construir una sólida obra que trasciende aquello que llamamos la temporalidad, para hacerse un referente no solamente necesario, sino permanente.

Desde mi perspectiva, esta es una manera de ejercer el rol público del intelectual: ese que se expresa y asume posiciones. Por supuesto que no se trata éste de un imperativo absoluto; sin embargo, es hora de que la intelectualidad incida por diferentes vías en la discusión pública y su enriquecimiento, es decir, en la conversación política en el Puerto Rico contemporáneo.

Definitivamente, este no es un libro que ha de ser visto haciendo guiños en las mesas de Costco ni en los estantes de revistas de Walgreens. Se trata ésta de una edición que se podrá adquirir a través de las librerías tradicionales que ya se irán anunciando y, seguramente, a través de los canales cibernéticos que todos conocemos.

Deseo concluir estas notas con unos extractos del Prólogo escrito por el profesor Arturo Torrecilla a esta segunda edición de su libro, La ansiedad de ser puertorriqueño, a manera de invitación a entrar de lleno en la conversación:
La tesis que orienta la labor investigativa de esta obra es que más motilidad se le ofrece a los ciudadanos de la edad que reúne lo global y lo local, más el retorno de las lógicas identitarias se hacen manifiestas. Lo que debía  haberse asumido como callejón sin salida, retorna con alta tonalidad en tanto falacia de la identidad. Desde entonces las inseguridades propias a métricas y geometrías rígidas se expresan en una suerte de agónico acting out: ¿se sigue siendo políticamente de izquierda de frente a los alivios de la vida; se sigue siendo muy hombre de cara al relajamiento de la carta de presentación del yo de tal o tal género; se sigue siendo creyente con la oferta de cultos diy; se sigue siendo vegetariano o carnívoro de osar mezclar un poquillo su manjar? Aquellos que responden resolutivamente desde la ansiedad de identidad lo hacen desde el álbum de familia que le rinde culto a la pereza de la existencia. 
[…]
Sin duda una de las variaciones del cultivo de la pereza de la similitud compendiada en la ansiedad de identidad se ha crecido de modo exponencial. Esto es, en rigor, el propio etnoespectáculo que, recursivamente, es captor de ansiedad identitaria e instancia de devolución de lo captado como resonancia cuyo eco sigue el patrón de estresores mediáticos que, por demás, continuamente le interrogan al ciudadano con la pregunta la más holgazana y la más cretina de todas: ¿sigue usted siendo cónsono consigo mismo en lo que respecta a su identidad nacional? La pieza ha encajado.
Si con la ubicación de todas estas piezas se nos permite orientarnos para así llegar, como el inquieto niño, al otro linde del arco iris, ahora de colores aún más intensos por la vistosidad del etnoespectáculo y, de esta suerte, hallaríamos el tesoro, se nos apetece la siguiente pregunta: ¿qué encontraríamos como riqueza allí en el fausto recipiente? En rigor no lo se aún. Mas para no desconsolar al lector del todo, lo que sí ha merecido la pena es que nos sitúa en una dirección más adecuada para explicarnos el estado de las cosas existentes. (...) Ya esto es honrar mi deuda intelectual con hacerle justicia al arcano ideario heredado de los antiguos, aquel que nos evoca la importancia de la forma atinada.
Nota: 

Me ha sido informado que el libro La ansiedad de ser puertorriqueño será distribuido a través de las librerías Norberto Gonzalez, Mágica y Fénix en Río Piedras; La Tertulia de El Viejo San Juan; y, en Ponce, en la librería El Candil.

Por otro lado el libro está disponible en la librería electrónica de Publicaciones Puertorriqueñas, www.ppeditores.com , en la que se aceptan pagos por Pay Pal.

Los interesados también pueden comunicarse a través de servicio@ppeditores.com o con Neida Aponte, Asistente Administrativo, al correo electrónico neida@ppeditores.com y al (787) 759-9673.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La "madre del cordero"

Jacqueline Kennedy y Luis Muñoz Marín, San Juan, Puerto Rico. 1961. Archivo El Nuevo Día.
Ser reconocido como ciudadano de un estado-nacional es uno de los atributos esenciales de pertenecer a una comunidad política en su sentido más amplio. Es decir, de pertenecer a la polis. Habida cuenta de ello, la discusión sobre las alternativas de descolonización de las relaciones políticas entre Puerto Rico y Estados Unidos pasa necesariamente por la dilucidación de este aspecto fundamental.

El asunto de la ciudadanía, específicamente la ciudadanía norteamericana por nacimiento que ostentan actualmente los puertorriqueños, es necesariamente  recurrente en la discusión del status debido a que constituye la madre del corderotal y como un buen amigo indicara con gran atino en una de muchas conversaciones que sostuviéramos durante los años ’90 con  líderes autonomistas hoy alegadamente soberanistas— del Partido Popular Democrático (PPD, partido actualmente a cargo del gobierno de la isla).  

Con la utilización de esta frase en aquellas conversaciones se significaba que, desde la perspectiva del presunto autonomismo, la solución del status colonial de Puerto Rico, que resulta del estado libre asociado o ELA, estaba indefectiblemente ligada a enfrentar la cuestión de la ciudadanía y, concretamente, a la posición que ante este asunto asumiera el liderato del PPD. 

Discusión vital por medular en cuanto al concepto del ejercicio de la soberanía, facultad a la que ya había renunciado el propio Rafael Hernández Colón en el año 1991, ante el Comité de Energía y Recursos Naturales del Congreso de los Estados Unidos, al tratar de defender la viabilidad jurídica del ELA Desarrolladoentelequia de su propia manufactura. 

Esta cuestión plantea en el fondo un trance en el que le va la vida al PPD, y a sus acólitos de retaguardia de toda la vida, puesto que implica definir —finalmente— su posición en cuanto al ejercicio de la soberanía. En cuanto a la ciudadanía y el ejercicio del poder soberano del Congreso sobre Puerto Rico, es preciso considerar las decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos, y el Derecho Constitucional norteamericano en general. Precisamente a ello dedica un enjundioso artículo el profesor de Derecho, Andrés L. Córdova, que fue publicado el pasado 5 de septiembre en el periódico El Vocero bajo el título de Ciudadanía y Soberanía

Por mi parte, deseo plantear algunas reflexiones adicionales desde un punto de vista un tanto más magro que aquellas importantes consideraciones jurídicas pertinentes a la discusión de este asunto.

miércoles, 2 de julio de 2014

Rehenes


El conflicto planteado en Puerto Rico entre un amplio sector sindical, y el gobierno de Alejandro García Padilla, del Partido Popular Democrático (PPD), permite señalar que en el fondo es el populismo —en sus vertientes sectaria, de un lado, y electoralista y neonacionalista, del otro— el responsable de la política desastrosa de la presente crisis[1]

Para efectos de este análisis parto de la noción de populismo conforme a la cual ésta es una concepción política que ve en el Estado el promotor de la economía, y generador directo de empleos.
De una concepción cuyos discursos se plantean en términos de un imaginario que alude a los intereses del pueblo, según definidos por sus participantes en un contexto histórico, político y social dado. Su comportamiento —sus estrategias y tácticas de acción— tiene diferentes formas y sabores.

Es menester observar que el populismo y los sectarismos, así como otras manifestaciones autoritarias y sus mecanismos censores, coinciden, en diferentes grados y maneras, en su rechazo al pensamiento liberal democrático.

El populismo electoral encarnado en el partido de gobierno, el populismo sectario del liderato sindical, así como el poder financiero y mediático en la isla, lejos de ser partes antagónicas entre sí, son elementos de peso, dentro de una amalgama de tendencias políticas vecinas, que gira sobre su propio eje como una esfera empantanada, incapaz de ir a ningún lugar.

El cuadro que le presentan estos aparentes contrarios a la sociedad puertorriqueña en la crisis actual es una dimensión de la antinomia, grotesca y perversa, en la que danzan juntos —a pesar de sus forcejeos en defensa de sus intereses particulares— los propulsores y los beneficiarios del patronazgo político basado en el empleo gubernamental; los privilegiados de las burocracias sindicales y los niveles gerenciales de las corporaciones públicas; un partido de gobierno, y un gobierno en sí mismo, sin modelo económico, ni proyecto político; la oligarquía mediático-financiera que mueve sus fichas agresivamente en protección de sus intereses más egoístas pase lo que pase; los defensores del inmovilismo y el status quo; y el nacionalismo junto a la llamada izquierda, que impulsan la quimera de un proyecto nacionalista de carácter populista y autoritario, de efecto retardatorio, y tan anquilosante como la presente condición colonial de la isla. [2]

El populismo demagógico y electoralista, que tanto se ha nutrido en Puerto Rico del lenguaje neonacionalista, y el populismo sectario, que se nutre de elementos de un nacionalismo duro y  de un izquierdismo trasnochadamente radical y dogmático, lejos de ser fatalmente antagónicos, son tóxicas criaturas que se alimentan una a la otra, y conviven en un mismo jardín, en un laberinto sin final, donde mantienen como rehén a toda la ciudadanía.

Esta peculiar simbiosis, en la que el gobierno-partido y los sindicatos de los empleados del gobierno y sus empresas se confrontan partiendo de un imaginario populista con énfasis distintos, abre un espacio político en el cual ninguno de estos bandos tiene credibilidad. Respecto a este espacio aún está por definirse qué liderato o formaciones políticas son aptos para responder a las urgencias que la coyuntura plantea.

El descalabro presente podría dar paso a líderes y alternativas políticas, de inclinación aún más autoritaria que la de García Padilla, razón suficiente para seguir de cerca los rápidos desarrollos de esta fase de la crisis final del estado libre asociado (ELA)De igual manera, podría emerger o consolidarse un liderato democrático que pueda recoger la indignación ciudadana y traducirla en alternativas bien fundadas, firmes, valientes y sinceras para con la ciudadanía. El reto político planteado es sumamente grave por lo que precisa respuestas basadas en sólidos criterios y  conocimientos sobre el complejo ejercicio de gobernar.  [3]

Lo cierto es que ambos bandos populistas y las fuerzas o factores económicos, sociales o políticos que los apoyan, ofrecen el espectáculo de la política desastrosa en el cual se presentan, en su pista central, las acostumbradas peleas y discusiones de torpes bufones. En esa carpa la ciudadanía es un rehén de fuerzas irracionales cuyas acciones inevitablemente le afectarán de manera negativa, no importa cuál sector prevalezca.

jueves, 16 de enero de 2014

Puerto Rico: La crisis final del “ELA”


There are moments in Life when keeping silent becomes a fault,
and speaking an obligation. A civic duty, a moral challenge,
 a categorical imperative from which we cannot escape.
(The Rage and The Pride, 2001)

Analizar la situación de Puerto Rico a mediados de enero del año 2014, es una tarea riesgosa en vista de la velocidad con la que se están produciendo los eventos relacionados con la isla tanto en su interior, como en los centros estadounidenses de poder político y económico, los cuales mucho tienen que decir sobre su futuro. 

Aunque sus consecuencias más serias están por verse, considero plausible la hipótesis de que la presente no es sólo una crisis económica, sino una crisis general y definitoria del modelo colonial [1] de relaciones entre Estados Unidos y Puerto Rico, el cual, al constituirse en 1952, 
fue bautizado con el demagógico nombre de estado libre asociado (ELA).

Es cierto que la presente crisis le plantea a los puertorriqueños una situación desesperante y confusa. De producirse excesos, por un lado, en el ejercicio del poder y las responsabilidades gubernamentales, o extremismos en los reclamos de los derechos ciudadanos, por el otro, no habrán ganadores ni perdedores, sino una sociedad derrotada en sus últimos remanentes de civilidad; es decir, de aquella convivencia social y política que se basa en los principios, las obligaciones y las libertades democráticas. 

Resulta imposible, sin embargo, anticipar específicamente —si se va opinar de manera responsable y sin pecar de sensacionalista— cuáles o cuán complejas serán las situaciones que se plantearán en el escenario político del año 2014 como producto de la crisis general colonial.

Por mi parte, a esta fecha, prefiero apostar —no sin preocupación— por el que prevalezcan los remanentes de la civilidad (a pesar de su propio proceso de descomposición, como expondré más adelante) tanto en el plano de las decisiones a ser tomadas por los funcionarios y burócratas del gobierno, como por los líderes gremiales y políticos, confiando en la fortaleza de un mayoritario —aunque silente y muchas veces silenciado— sector democrático de la ciudadanía, es decir, la verdadera y callada sociedad civil.

En este ensayo pretendo colocar en perspectiva las características de esta crisis y aquellos factores que considero de mayor importancia. Indico mis razones para señalar que esta crisis no sólo es general, sino de carácter determinante y final para el estado libre asociado como fórmula política de relaciones de los ciudadanos americanos de Puerto Rico con la metrópolis, como base jurídico-legal e instrumento de desarrollo económico, como marco inicial de referencia de la cultura en general, y la cultura política en particular, y como fundamento de las relaciones cívico democráticas y comunitarias en la isla.

Al respecto, sostengo que la superación de la presente crisis requiere terminar ese esquema político y dar paso a la solución de la condición colonial de la isla. En otras palabras, atender definitivamente el llamado asunto del status. Ante este dilema histórico, responsable en gran medida de la inefectiva atención de los graves problemas sociales, culturales y económicos de Puerto Rico, y del desperdicio de la energía creativa del liderato de una sociedad dividida en tribus —que es lo que es, y no es nada de lo que podría ser—, mientras el nudo de las graves carencias democráticas cierra las vías de su desarrollo, se presentan solo dos alternativas reales.

Por un lado, la estadidad o federación, lo cual consiste en la plena integración política y jurídica de la isla como estado de los Estados Unidos. A este punto, y antes de continuar, debo señalar que el término federación es más preciso al identificar el ideario y las aspiraciones históricas de lo que conocemos como movimiento estadista y con las características jurídicas de la integración efectiva a la confederación estadounidense. Desde luego, con ello no pretendo invalidar o restarle peso a un término que ha permitido describir esta justa aspiración a través de los años.

Por otro lado, la independencia, es decir, la organización y constitución de los puertorriqueños en una república soberana, con todos los poderes y obligaciones para con la ciudadanía que tal condición conlleva.

Hago la advertencia de que, precisamente, por la rapidez con que se están suscitando los eventos en Puerto Rico, un análisis completo de la situación puertorriqueña, entrada ya la segunda década del siglo 21, requiere probablemente un trabajo más amplio que el contenido en este escrito.