Violencia contra la mujer y crisis de la civilidad (III)

Ismael Rivera. "El Sonero Mayor". Si te cojo.



Debo comentar, antes que nada, que este artículo fue editado previamente para su reposición el 22 de noviembre de 2013, a raíz del asesinato de la joven Ivonne Negrón Cintron, el 15 de noviembre de 2013. Hoy ha sido editado nuevamente. A esta hora de consideración para con el dolor de las familias de las mujeres asesinadas en los últimos meses, sólo puedo expresar mi respeto por la memoria de todas las víctimas, y proponer esta reflexión como parte de una desesperadamente necesaria conversación pública.

El grave problema de la violencia de género contra las mujeres en la isla, evidencia la crisis social, y específicamente de la civilidad, cuyo empeoramiento muchos señalamos desde sus primeras manifestaciones, al menos desde el 2010, aunque a todos nos constan las denuncias durante largo tiempo de las líderes de los diferentes grupos que luchan por la protección de los derechos de la mujer. 


Es éste un problema que reclama esencialidad en el contexto socio-cultural puertorriqueño, con innumerables años previos de maduración. La violencia de género es un reflejo mucho más que evidente de problemas sumamente profundos, arraigados en la idiosincracia que, se quiera aceptar o no, forman parte de la cultura puertorriqueña, y peor aún, de una sociedad enferma que precisa de cirugía mayor.

La violencia contra la mujer trasciende clases sociales. Permea todo el entretejido de la sociedad isleña. En el día a día, en los barrios, en las diferentes capas sociales de esta isla-jaula, la violencia de genero sigue siendo un rasgo esencial del ser boricua. 


Erradicar este elemento cultural es un reto mayor que enfrenta la sociedad puertorriqueña, particularmente la administración pública, la clase política, así como la intelectualidad y los artistas de todo género, los cuales por diferentes motivos — muy ligados a narrativos populistas o nacionalistas, según el caso — han hecho caso omiso a este serio problema.
 

En mi primer artículo sobre este tema, del año 2010, coincidí con la crítica expuesta por la escritora Mayra Montero, en un artículo en "La Revista" de El Nuevo Día, a la manera en que son tratados por los medios informativos los actos de violencia contra la mujer. (Adelanto que la inclusión aquí del vídeo de la interpretación de Ismael Rivera del número salsero "Si te cojo", es prueba de cargo y no un acto de cinismo contra lo expuesto por la Sra. Montero.)

De su artículo me interesaron en particular estas expresiones, las cuales respaldo plenamente:
¿Qué mensaje están recibiendo los agresores potenciales, esos que ahora mismo maquinan el castigo que le darán a la desobediente? Nadie les ha enseñado nada mientras están creciendo. Al contrario, la educación que reciben los varones, niños y adolescentes, está llena de prejuicios y de ideas de control. La propia madre (muchas veces no es ni siquiera el padre), le enseña al “varoncito” que su voluntad es ley en la casa; que la mujer (en este caso ella, la que tiene más próxima), está a su lado para complacerlo, y que las hembras son seres que han venido al mundo en actitud de sumisión y de inferioridad. Culicagados de 14 ó 15 años empiezan por insultar o amenazar a sus novias de la misma edad. Son los muchachos que luego, con 20 o 25 años, deciden que “a esa cabrona” le darán dos tiros.

Como botón de muestra de lo anterior, basta recordar el motivo principal, el estribillo de la canción interpretada por el salsero Ismael Rivera en el vídeo que encabeza este artículo: "[S]i te cojo coqueteándole a otro, ya veras que trompada te vo' a pegar, Si te cojo guiñándole a otro, un piñazo en un ojo te vo' a dar". 

A este punto, debo insistir en que el tema del cantante Ismael Rivera, según lo expongo a continuación, es una pieza de evidencia, importante, pero una pieza al fin, de un problema aún más complejo. Con ello en mente, se puede pasar a su análisis.

Habida cuenta de lo señalado previamente sobre los motivos populistas y/o nacionalistas para evadir la violencia de genero, hay que señalar que precisamente Rivera y sus canciones fueron adoptados e impulsados como uno de los íconos de la nacionalidad y la cultura puertorriqueña, particularmente desde fines de los años '70.

La realidad es que la afirmación sexista y violenta contra la mujer, no le era ni ha sido privativa de Ismael Rivera en la historia cultural isleña. Peor aún, nada de ello era nuevo en el plano cultural, y en todo caso, "Maelo" Rivera, y su narrativa, fue muy bien alimentada y, en consecuencia, intensificada, por diversos intereses, utilizando el discurso de lo "nuestro", lo "boricua", el jaragual, con claros anclajes populistas y pobres criterios socio-culturales.

Por otro lado, es evidente la responsabilidad histórica respecto a este fenómeno de los sectores políticos e intelectuales que idealizaron, glorificaron, o eludieron criticar estas manifestaciones. 

No hay porque obviar que todas las formaciones políticas, en uno u otro grado, adoptaron los protocolos del elogio o del soslayo, según sus objetivos en la proyección de su imagen, ante un fenómeno de terrible impacto socio-cultural, que trascendía los barriles y un toque de bomba.

En definitiva, ya lo he señalado en otros escritos, tal ha sido el resultado de un nacionalismo político, fundado en un nacionalismo cultural, que es mucho más complicado que el folklorismo, sin ni siquiera preocuparse por separar el grano de la paja.

De hecho, y precisamente en el contexto planteado por la Sra. Montero, no sólo me llamaron la atención, sino que me preocuparon profundamente, unas expresiones "posteadas" para el año 2012 en Facebook por un abogado en las que destacaba que preferiría llamar "cabrona", en lugar de "bruja" a la ex-juez Ygri Rivera, presidente entonces de la Junta de Síndicos de la Universidad de Puerto Rico.

Las expresiones hechas en aquél momento por el señor letrado representan una manifestación adicional de la violencia que prevalece en la sociedad puertorriqueña, particularmente contra la mujer, y reflejan además la carencia de civilidad, es decir de respeto y tolerancia, en el contexto del debate público y político.
 

En otro artículo del Quantum de la Cuneta, señalé hace un tiempo que enfrentamos una situación en la cual:
Actitudes y valores que van, desde la manera en que se entienden y expresan las relaciones entre géneros y la sexualidad, hasta las visiones y maneras en que se manifiestan las posiciones presuntamente políticas sobre determinados problemas o sujetos, se caracterizan por la violencia, el maltrato, el machismo sexista y la agresión. En suma, podría señalarse que se acentúa la deshumanización e irracionalidad en las relaciones entre los individuos.
Es alarmante la proliferación de este conjunto de conductas violentas, de agresión al Otro, asumidas desde las perspectivas particulares, sean estas de género, de orientación sexual, políticas o de posición en la sociedad, lo que pone en entredicho el entretejido de principios que conducen las relaciones sociales, es decir, la civilidad.

El respeto a las diferencias y a la diversidad, tan necesarios para la preservación de los espacios democráticos, desparecen en esta asfixiante y hacinada vorágine insular.

El paso del tiempo, en una sociedad inmersa en una crisis como una hiedra, podría sugerir, tal vez, la capacidad premonitoria de dos personas preocupadas sobre esta ola de violencia anti-mujer en Puerto Rico. Pero no se trata de ello. Desafortunadamente, ni siquiera la pequeña bola de cristal del Aleph, podrá indicarnos guías definitivas y terminantes frente a este terrible problema.

Una vez más, estamos llamados todos a la tarea de parir más allá de lo que el acto significa como maravilla humana. De paso no estaría de más enfrentar de una manera más crítica la cultura de la sociedad puertorriqueña a la altura del siglo 21.

Ello, sin temer al monstruo que pueda estar al final de la cueva, y mucho menos a las posibles, y tal vez únicas alternativas para vencerlo ya de una vez.


(Revisión de 2018-12-29. Corrección de fechas y redacción.)

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