miércoles, 2 de julio de 2014

Rehenes


El conflicto planteado en Puerto Rico entre un amplio sector sindical, y el gobierno de Alejandro García Padilla, del Partido Popular Democrático (PPD), permite señalar que en el fondo es el populismo —en sus vertientes sectaria, de un lado, y electoralista y neonacionalista, del otro— el responsable de la política desastrosa de la presente crisis[1]

Para efectos de este análisis parto de la noción de populismo conforme a la cual ésta es una concepción política que ve en el Estado el promotor de la economía, y generador directo de empleos.
De una concepción cuyos discursos se plantean en términos de un imaginario que alude a los intereses del pueblo, según definidos por sus participantes en un contexto histórico, político y social dado. Su comportamiento —sus estrategias y tácticas de acción— tiene diferentes formas y sabores.

Es menester observar que el populismo y los sectarismos, así como otras manifestaciones autoritarias y sus mecanismos censores, coinciden, en diferentes grados y maneras, en su rechazo al pensamiento liberal democrático.

El populismo electoral encarnado en el partido de gobierno, el populismo sectario del liderato sindical, así como el poder financiero y mediático en la isla, lejos de ser partes antagónicas entre sí, son elementos de peso, dentro de una amalgama de tendencias políticas vecinas, que gira sobre su propio eje como una esfera empantanada, incapaz de ir a ningún lugar.

El cuadro que le presentan estos aparentes contrarios a la sociedad puertorriqueña en la crisis actual es una dimensión de la antinomia, grotesca y perversa, en la que danzan juntos —a pesar de sus forcejeos en defensa de sus intereses particulares— los propulsores y los beneficiarios del patronazgo político basado en el empleo gubernamental; los privilegiados de las burocracias sindicales y los niveles gerenciales de las corporaciones públicas; un partido de gobierno, y un gobierno en sí mismo, sin modelo económico, ni proyecto político; la oligarquía mediático-financiera que mueve sus fichas agresivamente en protección de sus intereses más egoístas pase lo que pase; los defensores del inmovilismo y el status quo; y el nacionalismo junto a la llamada izquierda, que impulsan la quimera de un proyecto nacionalista de carácter populista y autoritario, de efecto retardatorio, y tan anquilosante como la presente condición colonial de la isla. [2]

El populismo demagógico y electoralista, que tanto se ha nutrido en Puerto Rico del lenguaje neonacionalista, y el populismo sectario, que se nutre de elementos de un nacionalismo duro y  de un izquierdismo trasnochadamente radical y dogmático, lejos de ser fatalmente antagónicos, son tóxicas criaturas que se alimentan una a la otra, y conviven en un mismo jardín, en un laberinto sin final, donde mantienen como rehén a toda la ciudadanía.

Esta peculiar simbiosis, en la que el gobierno-partido y los sindicatos de los empleados del gobierno y sus empresas se confrontan partiendo de un imaginario populista con énfasis distintos, abre un espacio político en el cual ninguno de estos bandos tiene credibilidad. Respecto a este espacio aún está por definirse qué liderato o formaciones políticas son aptos para responder a las urgencias que la coyuntura plantea.

El descalabro presente podría dar paso a líderes y alternativas políticas, de inclinación aún más autoritaria que la de García Padilla, razón suficiente para seguir de cerca los rápidos desarrollos de esta fase de la crisis final del estado libre asociado (ELA)De igual manera, podría emerger o consolidarse un liderato democrático que pueda recoger la indignación ciudadana y traducirla en alternativas bien fundadas, firmes, valientes y sinceras para con la ciudadanía. El reto político planteado es sumamente grave por lo que precisa respuestas basadas en sólidos criterios y  conocimientos sobre el complejo ejercicio de gobernar.  [3]

Lo cierto es que ambos bandos populistas y las fuerzas o factores económicos, sociales o políticos que los apoyan, ofrecen el espectáculo de la política desastrosa en el cual se presentan, en su pista central, las acostumbradas peleas y discusiones de torpes bufones. En esa carpa la ciudadanía es un rehén de fuerzas irracionales cuyas acciones inevitablemente le afectarán de manera negativa, no importa cuál sector prevalezca.