miércoles, 29 de febrero de 2012

Violencia de género y la civilidad moribunda

(La violencia de género, particularmente contra la mujer y la comunidad homosexual, es reflejo de problemas más profundos, arraigados en la idiosincracia —endémicos, si se desea usar el clisé tan manoseado por el intelectualismo de café— que, se quiera aceptar o no, forman parte de la cultura puertorriqueña, y peor aún, de una sociedad enferma que precisa de cirugía mayor.

La violencia de género trasciende clases sociales. Permea todo el entretejido de la sociedad isleña. Los eventos recientes en la política puertorriqueña, que involucraron a un legislador de uno de los partidos principales de la Isla, estuvieron matizados por el morbo de la prensa y de la manipulación politiquera, incluso por parte de los propios correligionarios del tribuno de marras; así como por los juegos de estrategia —en las Juntas y, sobre todo, en las reuniones íntimas del liderato— para aminorar el impacto, y tratar de crear un confuso pastel con el objetivo de evadir la controversia pública, pasando por alto la salud emocional de los involucrados, incluyendo el hijo de la pareja afectada. Por lo menos, al final parece que la cordura ha prevalecido.

No obstante ello, mientras un líder partidista ve tronchada su brillante carrera política, en el día a día, en los barrios, en las diferentes capas sociales de esta isla-jaula, la violencia de genero sigue siendo un rasgo esencial del ser boricua. Erradicar este elemento cultural es un reto mayor. Todo esto no es nuevo, y fue muy bien alimentado, y en consecuencia intensificado, a partir de los años '70, bajo el discurso de lo nuestro, lo boricua, el jaragual. Y que conste. La responsabilidad histórica al final no es de los cantantes, músicos y artistas en general, sino de los sectores políticos e intelectuales que romantizaron y glorificaron estas manifestaciones, como he dicho en otras ocasiones, sin separar el grano de la paja. En esta ocasión publico un artículo colocado previamente por parecerme pertinente ante los eventos de los días recientes.)



En esta ocasión coincido con la crítica expuesta por la escritora Mayra Montero, en su último artículo en "La Revista" de El Nuevo Día, a la manera en que son tratados por los medios informativos los actos de violencia contra la mujer. (Adelanto que la inclusión aquí del vídeo de la interpretación de Ismael Rivera del número salsero "Si te cojo", es prueba de cargo y no un acto de cinismo contra lo expuesto por la Sra. Montero.)

De su artículo me interesan particularmente estas expresiones, con las que coincido plenamente:

"¿Qué mensaje están recibiendo los agresores potenciales, esos que ahora mismo maquinan el castigo que le darán a la desobediente? Nadie les ha enseñado nada mientras están creciendo. Al contrario, la educación que reciben los varones, niños y adolescentes, está llena de prejuicios y de ideas de control. La propia madre (muchas veces no es ni siquiera el padre), le enseña al “varoncito” que su voluntad es ley en la casa; que la mujer (en este caso ella, la que tiene más próxima), está a su lado para complacerlo, y que las hembras son seres que han venido al mundo en actitud de sumisión y de inferioridad. Culicagados de 14 ó 15 años empiezan por insultar o amenazar a sus novias de la misma edad. Son los muchachos que luego, con 20 o 25 años, deciden que “a esa cabrona” le darán dos tiros."

Como botón de muestra de lo anterior, basta recordar el motivo principal, el estribillo esencial, de la canción interpretada por el salsero Ismael Rivera en el vídeo que encabeza este artículo: "[S]i te cojo coqueteándole a otro, ya veras que trompada te vo a pegar, Si te cojo guiñándole a otro, un piñazo en un ojo te vo a dar". Hay que señalar que Rivera y sus canciones fueron adoptadas por el independentismo y la izquierda como uno de los íconos de la nacionalidad y la cultura puertorriqueña, particularmente desde fines de los años '70.

De hecho, y precisamente en el contexto planteado por la Sra. Montero, no sólo me llamaron la atención, sino que me preocuparon profundamente, unas expresiones recientemente "posteadas" en Facebook por un abogadillo de altas libras y radicales convicciones socialistas, en las que destacaba que preferiría llamar "cabrona", en lugar de "bruja" a la ex-juez Ygri Rivera, presidente de la Junta de Sindicos de la Universidad de Puerto Rico.

Las expresiones del señor letrado constituyen una manifestación adicional de la violencia que prevalece en la sociedad puertorriqueña, particularmente contra la mujer, y reflejan además la carencia de civilidad, es decir de respeto y tolerancia, en el contexto del debate público y político.

En otro artículo del Quantum de la Cuneta, señalé hace unos meses que enfrentamos una situación en la cual:

"[A]ctitudes y valores, que van desde la manera en que se entienden y expresan las relaciones entre géneros y la sexualidad, hasta las visiones y maneras en que se manifiestan las posiciones presuntamente políticas sobre determinados problemas o sujetos, se caracterizan por la violencia, el maltrato, el machismo sexista y la agresión. En suma, podría señalarse que se acentúa la deshumanización e irracionalidad en las relaciones entre los individuos."

Es alarmante la proliferación de este conjunto de conductas violentas, de agresión al Otro, asumidas desde las perspectivas particulares, sean estas de género, de orientación sexual, políticas o de posición en la sociedad. El respeto a las diferencias y a la diversidad, tan necesarios para la preservación de los espacios democráticos, desparecen en esta asfixiante y hacinada vorágine insular.

Por mi parte, a diferencia de la Sra. Montero, no estoy tan seguro de que la educación de género vaya a ser la solución a esta crisis de violencia y ausencia de civilidad, en la que se hunde la Isla. Confieso, sin embargo, que quisiera equivocarme.

Por lo pronto, no estaría de más enfrentar de una manera más crítica la cultura de la sociedad puertorriqueña a la altura del siglo 21. Ello, sin temer al monstruo que pueda estar al final de la cueva, y mucho menos a las posibles y tal vez únicas alternativas para vencerlo ya de una vez.

domingo, 26 de febrero de 2012

Madriguera intelectual

...cada cual escoge su madriguera, esa cueva —de ordinario bajo tierra— donde se oculta luego de haber salido al exterior, ejecutar su acto circense o pronunciar dos o tres palabras, un discurso extenso o breve, de cuño propio o a través de los discursos de terceros; cada cual escoge su momento para aparecer fugazmente, evadiendo los disparos de los diversos bandos enemigos, una suerte de fuego cruzado que atrapa en el medio de una danza mortífera, la cual no hay manera de evadir, sino aparecer, exponer con alguna lógica algunas ideas, y regresar de inmediato a la segura y tibia madriguera; esta vocación de fantasma, de intelectual espectral, tiene sus explicaciones en vista del contexto que aquí describo, pero plantea riesgos terribles que cada cual debe aquilatar; que cada cual tiene derecho a aparecer y desaparecer cuando le venga en gana es indiscutible; el derecho que cada cual tiene a cuidar que sus posiciones se mantengan dentro del political correctness de la sociedad en que vive y con-vive, no hay manera de rechazarlo desde una perspectiva liberal y democrática que se precie de respetar la libertad de consciencia; no obstante ello, me atrevo a sugerir mucho cuidado; cuando los discursos, las narrrativas y la dilucidación de los imaginarios terminan haciendo silencio frente a regímenes como los de Irán y Siria, Ecuador y Venezuela, y ante el estatus quo en Cuba y Puerto Rico, a pesar de las mordazas, a pesar de la sangre todos los días derramada, y las amenazas a la paz mundial, entonces el protector silencio, los discursos a través de terceros y políticamente correctos, así como las fugaces apariciones, pueden dejar de ser inocentes actos defensivos, para ser, frustraciones aparte, simple y burdo cinismo, total y pusilánime indiferencia.

Nota:

sábado, 25 de febrero de 2012

Enlace a "La agonía de la posmodernidad", publicado en El País

Conecto desde el Quantum con El País de España para divulgar un interesante ensayo escrito a dos voces por Lluís Duch y Albert Chillón sobre el estado de la posmodernidad a estas alturas de los tiempos. El ensayo, titulado "La agonía de la posmodernidad", y el cual deseo poder comentar en el futuro, es puesto al alcance de las amigas y amigos del Quantum por medio de este post. Espero les resulte tan interesante como lo fue para mí.

jueves, 16 de febrero de 2012

Violencia en Puerto Rico: tan clara como el agua

Para René es tan claro como el agua. Cuando en un país los delincuentes ya son capaces de acosar y dispararle a la policía, la cosa —afirmó con su acento de cubano oriental— ya no tiene remedio, la cosa se jodió mi hermano. “Por eso” —me dice— “me voy para Miami tan pronto tenga la primera oportunidad”.

René, este Zavalita atrapado en esta isla-jaula del Caribe, y cuyo nombre verdadero me reservo, afirma: "llegué de Cuba hace 18 años, y me quisiera quedar, pero no se puede, entre la factura de la luz y las otras necesidades, y encima esta intranquilidad y esta violencia…”

“Uno busca calidad de vida”, me dice, “vivir y trabajar tranquilo en lo que sea decentemente”. Y es que René tiene sus prioridades muy claras; tan claras como las tenía cuando salió de Cuba. No hay aspiraciones aquí de autos de lujo, mansiones con piscina, ni mayordomos, ni damas de servicio que lleven los perritos a cagar al parque. Por el contrario, bastaría vivir tranquilo, feliz, en un sistema democrático donde uno no sea perseguido o aislado por sus ideas.

Comentamos a manera de broma que Puerto Rico es una colonia, que cuenta formalmente con las libertades de la democracia liberal —lo cual no asegura que sean respetados consistentemente sus principios—, pretende ser capitalista, pero funciona como un sistema socialista donde se depende para todo del Estado y del gobierno, como ocurría en la Cuba que abandonó René, con la diferencia de que el financiamiento lo proveen los "yanquis".
Se parte de la premisa de que el gobierno tiene que resolverlo todo, incluyendo el ser proveedor directo de empleos —aunque éstos sean para mover papeles de un escritorio al otro— en lugar de promoverse la manufactura y la producción. En otras palabras, una economía estatizada.

En el caso particular de Puerto Rico, en una síntesis sumamente apretada, desde los años '80 no se atendió el sector primario de la economía, ni se planificó a largo plazo frente a los cambios que eran inminentes, lo que hizo que la economía fuera cada vez más dependiente del gobierno.

Esa desatención fue producto, en gran medida, de la dependencia en los fondos generados por las llamadas compañías 936 (1); de la estrategia dirigida a sostener a los sectores de la oligarquía colonialista que controlaban y controlan la industria bancaria y financiera; y de usar el gobierno como mecanismo para comprar votos, mediante el reclutamiento de empleados para puestos que en realidad eran innecesarios, lo que produjo, al cabo del tiempo, no sólo una economía dependiente del paquidérmico aparato gubernamental, sino que explotara una crisis de déficit presupuestario.

En el caso de Cuba, el fracaso del esquema de economía estatizada —con sus particularidades y profundas diferencias respecto a la economía de Puerto Rico—, quedó evidenciado por el despido progresivo de 1,300,000 empleados del gobierno. Por otro lado, ese esquema ha fracasado en aquellos países europeos que han pretendido sostener unos beneficios sociales, sin contar con un nivel de producción económica que genere los ingresos para costearlos.

Regreso a Puerto Rico siglo 21. Si a lo indicado por René se añade la información salida el 15 de febrero en El Nuevo Día digital, según la cual el 27% de la economía isleña se nutre del narcotráfico, y que conforme allí se indica —citando al abogado criminalista, Antonio Sagardía— los elementos que financian y se benefician en gran escala de toda esta operación residen en lugares como el Condado (un sector exclusivo en la zona turística de San Juan), y disfrutan de todos los privilegios que corresponden a sus altos ingresos, tenemos todos los elementos para el desastre perfecto.

Medidas tan sencillas —pero para muchos políticos tan inconvenientes— como la legalización y medicación de las drogas se han expuesto y repetido en cientos de ocasiones. Su consideración, estructuración y puesta en práctica es urgente, sin dudas.

Sin embargo, esta medida no es una panacea para la violencia que vive la sociedad puertorriqueña, sumida como está en el control de los espacios públicos no sólo por adictos, sino por pistoleros y traficantes de diversas escalas. Sencillamente, la legalización y medicación de las drogas conlleva unos procesos de por sí complejos, mucho más en un pesado y burocrático gobierno.

Por otro lado, reconozcámoslo. La sociedad puertorriqueña es violenta y esa cultura de la violencia se ha venido cuajando, particularmente desde los años 70, con la aquiescencia de sectores de la actividad cultural, la intelectualidad —con rarísimas excepciones—, y sobre todo, el izquierdismo y el nacionalismo, al defender y promover los íconos, así como la visión y actitud frente a la realidad, predominantes en los barrios marginales, sin asumir una actitud crítica, sin separar el grano de la paja. (Vea Puerto Rico: Violencia y Civilidad, del 20 de junio de 2010. Considere además el artículo de Gretchen Sierra-Zorita para The Christian Science Monitor titulado: As violent Puerto Rican drug trade seeps into mainland US, Washington must act.)

Con ello no limito la violencia de la sociedad puertorriqueña a la que emana del narcotráfico o los barrios marginales. Ya en una ocasión anterior señalé que el problema que plantea la violencia en la cultura puertorriqueña se manifiesta en diversos ámbitos, incluyendo la actividad político partidista. ("¡Gloria al Lumpen!: Puerto Rico demuestra su Civilidad".)

Puerto Rico precisa de enfrentarse con sus contradicciones y desenfoques. El primer reto es terminar el dilema de la relación colonial con los Estados Unidos, de modo que los recursos intelectuales y políticos sean dedicados a la atención de los problemas socioeconómicos de la Isla, y se tengan claras cuales serán las fuentes de financiamiento de los cambios estructurales que urgen sean realizados.

El segundo reto es reconocer que, no importa cual sea la solución que se le dé al problema colonial, la sociedad, la calidad de la convivencia colectiva, los servicios públicos (léase salud, educación, vivienda y transporte), así como, evidentemente, la economía isleña, están desbarrancados; y que su reconstrucción y reorientación podrían tomar una generación completa, es decir, unos veinte años.

En ese sentido, y como he señalado en tantísimas ocasiones anteriores, urge que todos los sectores —políticos, sociales, empresariales, comunitarios, sindicales, e intelectuales— abran las puertas a un diálogo realmente franco, realmente sincero, en el cual todas las partes estén dispuestas a ceder en sus estrechos intereses particulares para hallar avenidas de consensos.

Desafortunadamente, el lector sabe mejor que yo que las prácticas de colocar zancadillas inspiradas en las motivaciones políticas estrechas de cada cuatro años, o de tratar de lograr una victoria de “clase”, o de pretender demostrar que los discursos y las posturas conceptuales propias son las correctas, estarían rondando este esfuerzo, si es que se llevara a cabo. De mi parte solo puedo lanzar la idea.

De algo si estoy seguro. Mi amigo René no se sentará a esperar el desarrollo de los acontecimientos en la isla-jaula boricua. De hecho, hoy lo ví en el estacionamiento de un supermercado local en el Condado. Su pasaje a Fort Lauderdale es para dentro de un mes. Sin regreso, por supuesto.

Nota:
1. Las 936 es el nombre con el que se conocían las compañías norteamericanas —principalmente farmacéuticas— que se instalaban en Puerto Rico y disfrutaban de una serie de beneficios contributivos bajo la sección 936 del Código de Rentas Internas de los Estados Unidos.