martes, 16 de octubre de 2012

El cielo ya no es lo mismo

Tomada de Wired, provista por Red Bull Stratos

'‘Sometimes you have to go up really high to see how small you are''
("A veces hay que subir muy alto para ver lo pequeño que eres")
Felix Baumgartner

Cuando el 14 de octubre de 2012 Felix Baumgartner se lanzó desde 128,100 pies de altura, unas 24 millas y media desde la superficie terrestre, no solo realizó una hazaña inverosímil que muy probablemente no será olvidada, ni superada, en decenas de años por venir. Este piloto y paracaidista austriaco hizo aun algo más.

Tras romper el record de salto libre en paracaídas de 1960, perteneciente a Joseph Kittingy de ser el primer ser humano fuera de una nave aérea que rompe la barrera del sonido, atravesando la estratósfera, ese segmento mixto entre el universo y la Tierra donde el campo gravitacional se transforma, y se paga con la vida el derecho de paso, Baumgartner nos hizo reflexionar a muchos sobre la valentía del ser humano como especie.

Nos recordó el tesón de esta especie en su aspiración constante de alcanzar nuevas fronteras; el hecho concreto de que, sin esos atributos, la historia de la Humanidad estaría estancada en las cavernas; y sobre todo, la sencilla verdad de que somos habitantes de un planeta inmenso, algo que, debido a nuestra vanidad y nuestras estrechas miras, sólo es comprensible desde una perspectiva visual y racional de 128,000 pies de altura, tal y como afirmó, tras su salto estratosférico, y probablemente con pretensiones menos reflexivas, este aventurero sin límites conocido como “Fearless Felix”, o “Félix, el valiente”.
Salto de Joseph Kitting en 1960.
 Foto cortesía de Wikipedia.
 

Admito que cuando me enteré del salto proyectado pensé que efectivamente el acto a realizarse, y las metas planteadas, eran admirables, pero los cuestionamientos de costumbre —y sumamente válidos, ¿cómo no?— tenían un peso mayor y definitivamente no se hicieron esperar.

Pensé que todos los recursos dedicados a la organización de este evento de mercadeo por Red Bull, la empresa de bebidas con áurea “extreme”, muy bien podrían ser destinados a otros asuntos de mayor urgencia para la población mundial. Pensé que lo mismo podría decirse de buena parte de las investigaciones científicas espaciales, o militares, promovidas por grandes corporaciones o las potencias dominantes en el presente orden económico mundial. 

Más aún, pensé que otro tanto debería ser exigido a las organizaciones deportivas profesionales, las cuales celebran jugosos eventos como la Copa Mundial de Futbol, las Grandes Ligas, la National Basketball Association, así como, digamos, al complejo entramado del Boxeo profesional. ¿Y qué tal si se unen a los esfuerzos las grandes cadenas televisivas y de prensa internacionales? O mejor aún, ¿qué tal si se conmueve a tales fines la sensibilidad, inspirada en la “apreciación estética”, de las sinuosas casas de subastas de arte y de otros objetos de valor?

La agenda sería larga en ese sentido. Vienen a la mente realidades tan terribles como las de Zimbabwe, Liberia, Burkina Faso, Turkmenistan, Djibouti, Namibia, Yemen, Nepal, Kosovo, Belarus, Lesotho, Senegal, Kenya, Haití, las Islas Marshall, la Franja de Gaza, Afghanistan, Irán, y tantos otros lugares del planeta azul.

Mientras observaba la hazaña de Baugmanster —mi pareja y yo la “seguimos” casi desde el principio a través de la página en Internet de Red Bull —, aunque no desaparecieron del archivo de datos mentales las reflexiones que ya mencioné, todos nuestros sentidos se concentraron, durante aproximadamente dos horas y media de transmisión, en el ascenso y posterior salto desde la frontera con el espacio.


Vistas hoy las cosas en perspectiva, y aunque mis preocupaciones siguen presentes, y me gustaría recibir información contundente acerca de la existencia de similares esfuerzos millonarios por parte de Red Bull, y de otros, que contribuyan a atenuar el sufrimiento y la miseria en, por ejemplo, algunas de las naciones africanas, lo cierto es que el impacto en mis emociones y pensamientos del salto de "Félix, el valiente" fue mayor que lo que yo mismo esperaba.


Al mirar el cielo despejado de esta mañana mientras paseaba mi perro, imaginé un pequeño punto blanco descendiendo desde la estratósfera. Comprendí en ese momento que Felix Baugmanster había sembrado en mí una ilusión nueva, una fe nueva en la voluntad de los seres humanos por continuar adelante frente a todo tipo de adversidad, para superar los mayores retos que le presente la vida, y para superarse, incluso, a sí mismos.

Este osado saltador desde lo imposible, golpeó directamente mis viejas ansiedades, y me invitó a reflexionar profundamente sobre mis temores, y —por qué no decirlo— mis demonios remanentes, como lo hiciera con él su sicólogo, Michael Gervais, para superar sus ataques de pánico por la condición de claustrofobia
 

Mientras caminaba, sin dejar de observar el firmamento, y evitando caídas inesperadas, comprendí que, al menos para mí, tras el salto de Baugmanster desde el límite entre la Tierra y el cosmos, el cielo ya no es lo mismo. 


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