domingo, 18 de marzo de 2012

El exilio ineludible




Tenemos cinco gatos y un Golden Retriever que ocupan felizmente gran parte del espacio dentro de nuestro apartamento de alquiler. Cada vez que pienso en ello no puedo evitar la inquietud de poder conseguirles hogar, al menos a cuatro de los gatos, en el caso de que obtuviéramos alguna oportunidad de empleo en los Estados Unidos. Sí, porque aunque parezca tarde en nuestras vidas, pensamos que nuestras mejores opciones para nuestro futuro se encuentran en el exilio, o emigración, si se ha de ver el asunto con eufemismo.

Puerto Rico, en cambio, nos plantea el estancamiento en su condición colonial, el ser amenazados por el ostracismo y el aislamiento producto de no ser parte de ninguna de las tribus sociales y políticas, y asumir una postura critica y para colmo, una paupérrima calidad de vida.

Vistas objetivamente, nuestras razones para irnos son similares a las de muchos otros emigrantes. Se trata de factores a los que han estado expuestos otros ciudadanos de la Isla, particularmente de los sectores medios de la sociedad, y que hacen de la emigración una suerte de exilio inevitable. En todo caso, resultan patéticos quienes reconocen — de manera tardía por demás— solo algunas de las razones que han provocado la llamada diáspora puertorriqueña que se ha producido de fines del siglo veinte en adelante, y de manera masiva en los últimos doce años.


No puedo dejar de señalar que esta Isla, desbarrancada en todos sus renglones, requerirá, una vez se termine de manera definitiva su relación colonial con los Estados Unidos, y fuera de la solución que sea adoptada por los puertorriqueños, de al menos una generación completa para que la sociedad vuelva a ser productiva.

Aunque nadie quiera admitirlo, como producto del nacionalismo suave (“light”) que ciega a todos los sectores de la sociedad, y del populismo oportunista que ha sido utilizado por todos los partidos políticos —y que se encuentra tras el discurso del “echar pa’lante” y de las proyecciones económicas y sociales sobreestimadas— es cada día más evidente que serán necesarios al menos unos veinte años para poder llevar a cabo las transformaciones fundamentales que requiere la presente situación puertorriqueña.

Específicamente me refiero a las tareas de transformar la cultura de la dependencia en el mantengo gubernamental en una de esfuerzo empresarial; estructurar con carácter de urgencia y de manera eficiente las áreas de salud y educación; atender el problema del consumo de drogas desde una perspectiva de salud pública, a la misma vez que se desarticulan, mediante una intervención activa y decidida, las redes del narcotráfico en todos sus planos; desarrollar la infraestructura necesaria para transformar el consumo de energía y eliminar la dependencia del petróleo; elevar la calidad y ampliar los sistemas para la acumulación y distribución de agua potable; proveer mecanismos de transportación colectiva eficiente, masiva y geográficamente amplia; la atracción de capital extranjero para sustituir la fuga de capitales locales, orientado a la manufactura en áreas de demanda en el mercado global; y finalmente, trabajar con los problemas de salud mental que se ven manifestados en unos niveles aterradores de violencia, en diversos contextos sociales; todo ello, a su vez, orientando la Isla, no hacia su ombligo, sino hacia la búsqueda de alternativas ante los aciagos tiempos que le están planteados, como parte del planeta, a mediano y largo plazo.

Es quizá por todo eso que me resultan ridículos los lloriqueos poniendo picas en Flandes, mucho más cuando se pretende describir una realidad que el ciudadano común conoce muy bien hace muchísimo tiempo, y que muchos hemos descrito y denunciado constantemente en diferentes foros, particularmente las redes sociales cibernéticas. Peor aún, resulta desagradable que nos pretendan relatar experiencias con moralejas inocuas personas que —si se observa con cuidado sus trayectorias— son “co-causantes de los daños” que sufre en el presente la sociedad puertorriqueña. Lo siento. Pero no puedo dejar de denunciar la hipocresía.

En nuestro caso particular, por razones que no puedo exponer aquí, pero que lindan ostracismos, censuras y sabotajes, incluso por parte de quienes menos uno espera; así como debido a la situación social, económica y cultural de la Isla, no nos queda otra alternativa que el exilio.

Por lo pronto, sin embargo, y mientras las gestiones maduran, tenemos cuatro hermosos gatos, más bien tres gatitas y un voluptuoso gato amarillo, que no abandonaremos sin que les dejemos un cálido hogar, lo que sin dudas afectará el proceso de nuestro exilio involuntario. Eso sí. El engreído Golden, y una gata arrancada literalmente a una muerte inminente, son intocables.

Nota:
Foto tomada de Globedia

1 comentario :

TFT dijo...

Excelente análisis, como siempre.

Es triste ver cómo la isla ha sido sumida en una situación tan lamentable que, de no abordarse de lleno, y pronto, podría tomar más de una generación completa reparar.

Tienes la valentía de expresarte sobre esto públicamente, y a pesar de críticos que prefieren dejar las cosas quietas y en calladito porque es más fácil así. Por eso te admiro como te admiro.

Ojalá pudiera decirte que la isla realmente "echará pa' lante" pronto, y de verdad; que no será necesario su exilio (el de ustedes). Pero, como sabemos, el deseo se queda, en el fondo, en deseo remoto, dadas las circunstancias que bien describes en tu excelente ensayo.

Lo que sí puedo desearte es que, pase lo que pase, que pase para bienestar de ustedes, y que logren, de ser necesario, encontrarle hogar seguro a esos tres felinos, idealmente sin necesidad de separarlos. Y, por supuesto, mucha felicidad y mucha salud.

Un abrazo.