miércoles, 23 de febrero de 2011

Talibanes caribeños: el activismo ultraizquierdista en la Universidad de Puerto Rico

El 29 de enero pasado publicamos aquí un artículo titulado Puerto Rico: Vanguardias universitarias a la deriva y tareas urgentes ante el colapso del modelo colonial.

A los pocos días de la publicación del artículo, casualmente, el gobierno de la isla anunció la retirada de las fuerzas policiacas del campus del recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

El pasado 22 de febrero de 2011, fue aprobada la paralización del referido recinto en una torcida asamblea de estudiantes respecto a la cual se alega por amplios sectores estudiantiles que, en estricto orden parlamentario, no fue aprobada tal paralización, que la asamblea y los procesos de escrutinio fueron manipulados y que no recogían el sentir de la amplia mayoría del estudiantado.

El día de ayer, 23 de febrero de 2011, desde tempranas horas de la mañana, se produjeron varias confrontaciones con estudiantes y profesores por parte de las aguerridas 'vanguardias" las cuales les impedían el acceso al campus universitario. La situación se caracterizó por las tensión y las agresiones físicas y verbales de estos bullies con camisetas del Ché Guevara.

Estos sectores de activistas estudiantiles en el recinto de Río Piedras de la Universidad se niegan a reconocer lo evidente: no cuentan con el respaldo de la comunidad universitaria en sus planteamientos, mucho menos para paralizar las actividades académicas.

Más aún, ni la Asamblea, ni el Concejo de Estudiantes, y menos aún el autoproclamado Comité de Representación Estudiantil, pueden abrogarse la autoridad para determinar si un sólo estudiante o un grupo de estudiantes, sean estos diez, cinco mil o veinte mil, van o no a asistir a clases. Por definición misma del ejercicio del derecho vigente, y por esenciales nociones democráticas, ese derecho le pertenece a los estudiantes individualmente en su relación con la institución universitaria en la que se han matriculado. Se trata por otro lado, del ejercicio del derecho al libre albedrío, a la libertad de expresión y a la libertad de conciencia y asociación. Derechos por los cuales la Humanidad, y aun los propios ciudadanos en Puerto Rico, han tenido que pagar un alto precio.

Por otro lado, los concejos de estudiantes, y las asambleas estudiantiles son foros deliberativos, más no entidades organizadas de manera tal que, como en el caso de los obreros al pagar sus cuotas a sus sindicatos, sostengan una relación de obligaciones mutuas. Por una parte, el sindicato representa y negocia, y por su parte, el obrero se atiene a las decisiones mayoritarias adoptadas en Asambleas y por los cuerpos directivos, incluyendo por ejemplo, la del voto de huelga.

Es por eso que pretender calcar, en el caso de los estudiantes universitarios, las dinámicas y métodos de las actividades sindicales no sólo es un desacierto jurídico, sino un disparate político garrafal. De lo que se trata, en el caso de los estudiantes, es de protestas y manifestaciones que pueden contar o no con el apoyo de la mayoría del estudiantado.

El que un grupo de estudiantes hayan decidido manifestarse ante unos asuntos no les confiere la autoridad de obligar al resto del estudiantado —mucho menos a los profesores— a unirse a sus actividades, o plegarse a sus demandas, menos aún a pensar como ellos, ya sea sobre los problemas particulares o sobre los métodos o alternativas para atender los asuntos en cuestión.

Las agresiones físicas y verbales, la intimidación y el ataque ideológico en manadas contra toda disidencia de las que han sido víctimas estudiantes y profesores por parte de estos "activistas estudiantiles", aspirantes a talibanes caribeños, son precisamente el tipo de acciones que han caracterizado a movimientos como el chavismo en América Latina, a las brigadas de respuesta rápida en Cuba contra la oposición, y a los grupos de apoyo de las dictaduras en el Oriente Próximo, todos los cuales han recibido el rechazo de la mayoría de los ciudadanos del mundo.

Si algo evidencian estas actuaciones de nuestras vanguardias a la deriva es que su único propósito en todo este proceso ha sido no sólo abrir otro flanco de ataque contra el gobierno de Luis Fortuño, sino llevar a una crisis total e irremediable a la Universidad de Puerto Rico. Es decir, a su destrucción como institución, tal vez basándose en anticuados preceptos revolucionarios de mediados y fines del siglo pasado, conforme a los cuales de las cenizas de las instituciones destruídas se habrán de construir las nuevas e idealizadas instituciones, como parte de la creación de una nueva sociedad hecha a imagen y semejanza de sus enfermizas e infantiles utopías.

Me imagino que ante los eventos recientes tanto la Lcda. Judith Berkan, como el congresista Luis Gutiérrez, tendrán la decencia moral y la honestidad intelectual de rectificar, y pedir perdón a los puertorriqueños y a la prensa norteamericana, por las desorientadoras y demagógicas manifestaciones que realizaron en días recientes.

Los excesos cometidos por elementos de las fuerzas policíacas en la llamada huelga universitaria no justifican las alegaciones y juegos retóricos para dar la impresión del desarrollo en Puerto Rico de un estado cuasi-fascista. En todo caso, y más importante aún en lo que respecta a ese cuerpo, lo son los altos niveles de corrupción que han provocado, y seguirán provocando, la intervención de las autoridades federales en ese organismo.

De regreso al violento activismo ultraizquierdista en la Universidad de Puerto Rico, baste un último señalamiento. Ni los gritos histéricos de sus vocingleros en las redes sociales, ni sus agresiones físicas y verbales contra todo aquél que difiera de ellos, contribuye ni contribuirá a resolver los acuciantes problemas de la Universidad. Mucho menos contribuirán a atender y superar los graves problemas del colapso del modelo colonial en Puerto Rico, del cual la crisis de esa institución es apenas una de sus manifestaciones.

Nota:
Los últimos dos párrafos de este artículo son producto de una enmienda al texto original, incorporada el 24 de febrero a las 12:00 p.m.

domingo, 20 de febrero de 2011

La “iskra” del mundo árabe


(Fotografía tomada de minnesota.publicradio.org)

La libertad y los árabes" por Mario Vargas Llosa para El País

“Revueltas en el mundo árabe” por Javier Valenzuela para El País

El mundo árabe es mucho más complejo que lo que resalta a primera vista. Ya me lo había advertido mi pareja desde hace muchos meses y lunas llenas. Los hechos recientes confirman sus señalamientos.

Ello me ha movido a presentar algunas reflexiones sobre estos eventos y a enlazar con el artículo de Mario Vargas Llosa, publicado en El País el pasado 13 de enero, y el breve pero interesante análisis de Javier Valenzuela para la misma publicación, en el que discuten la ola de levantamientos de los pueblos del Oriente Próximo, concretamente en Túnez, Egipto, Yemen, Argelia, Marruecos y Jordania, y que poco a poco se van reproduciendo en el resto de países del mundo árabe, como es actualmente en el caso de Libia, contra los gobiernos autoritarios y corruptos a los que han estado sometidos por largos años.

Ante estos eventos resulta imposible olvidar las manifestaciones encabezadas por las juventudes iraníes ante el fraude electoral del 2008, las cuales se inspiraban en las mismas aspiraciones de libertades democráticas y modernización que hoy inspiran a los movimientos surgidos en la región recientemente.

Del artículo de Vargas Llosa deseo destacar, en primer lugar, el paralelismo planteado por el autor con la ola que hace más de 30 años derrumbó el llamado campo socialista, aquél club de gobiernos guiados por las tradiciones autoritarias del estalinismo soviético.

Y es que el sacrificio del tunecino Mohamed Bouazizi sirvió de iskra, es decir, como "chispa” incendiaria de la pradera, para abrir los pulmones de los pueblos árabes en la búsqueda del oxigeno de las libertades democráticas. (Continúa)


La inmolación de Mohamed Bouazizi se antoja ante mis ojos como el equivalente histórico —en el contexto del Oriente Próximo— a la lucha de los obreros del sindicato Solidaridad contra el régimen comunista en Polonia para principios de los años '80 del siglo pasado, evento que marcó el comienzo del final del bloque comunista, y que culminaría con la disolución de los Estados de la “dictadura del proletariado", es decir, de los regímenes autoritarios encabezados por la propia Unión Soviética en la entonces Europa Oriental.

En estos procesos es interesante el hecho de que, por lo menos hasta el momento, los levantamientos han sido movimientos de masas relativamente pacíficos, encabezados por las juventudes de estos países, así como el factor de que cuentan con el apoyo real de la gran mayoría de los ciudadanos, y fundan su fuerza política en la razón y la justeza de reclamos democráticos liberales y de modernización económica y política.

El factor de la violencia física ha sido traído al tablero por los organismos represivos de estos regímenes. De hecho, justamente en el día de ayer, al momento en que redactábamos este escrito, se informaba de la muerte de por lo menos treinta personas como producto de la intervención de la soldadesca de Libia ante las protestas contra el régimen vitalicio en ese país dirigido por Moammar Gadhafi. (Las últimas informaciones del día de hoy, domingo 20 de febrero, a través de CNN, indican cerca de 200 muertos en estos enfrentamientos.)

Un elemento adicional del artículo de Vargas Llosa me ha merecido atención, sin con ello desmerecer la importancia del resto de su exposición. Me refiero al impacto de la globalización de la información en la oleada de la que estamos siendo testigos históricos.

El Internet, junto a las redes sociales de todo tipo, no sólo han levantado las fronteras, y colocado en cuestionamiento el concepto mismo del Estado-nación y su correlato nacionalista, sino que han permitido un amplio flujo de información, fenómeno que los rancios regímenes autoritarios y dictatoriales preferirían que no se estuviera produciendo, y el cual permite a las sociedades tener acceso al otro lado de la historia, al otro lado de la moneda, al mundo que se les pretende ocultar.

Precisamente ello explica, por ejemplo, el bloqueo por regímenes autoritarios y represivos —como es el caso del régimen cubano— del pleno acceso de sus ciudadanos al Internet. Estos tiranos, de verbo ágil, y manos ensangrentadas, saben que una vez disponible el Internet en toda su amplitud, los mitos y leyendas con los que han pretendido engañar a sus pueblos, justificar su despotismo, y asegurar su permanencia en el poder a través de los años, se irán desvaneciendo como producto del acceso de la ciudadanía a la información.

Por otro lado, resultan de vital importancia, y de estrecha relación con el análisis de Vargas Llosa, las declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, del 1 de febrero de 2011. En esa ocasión éste señaló:

“En los últimos días, la pasión y la dignidad que han demostrado los ciudadanos de Egipto han sido una inspiración para todos los pueblos del mundo, incluido el de Estados Unidos, y para todos los que creen en que la libertad humana es inevitable”. (Para una discusión de estas declaraciones y de este tema en general vea el artículo de Javier Valenzuela ya citado.)

Vargas Llosa, por su parte, reclama a los gobiernos de Occidente, particularmente a aquellos de la comunidad europea, un apoyo más decidido a estos movimientos que, como he indicado previamente, se basan en el reclamo de las libertades democráticas y la modernización de sus sociedades.

Militan contra este apoyo el temor a que sectores extremistas asuman el control de los nuevos gobiernos, el racismo y los prejuicios que impiden reconocer que en el mundo árabe es posible la democracia y la modernidad. Estas posturas tienen su origen, al menos en parte, en el desconocimiento de las complejidades del mundo árabe.

Por otro lado, Vargas Llosa critica la incomprensión e indiferencia por parte del gobierno extremista de Israel, ante unos procesos que, como en el caso de la caída del muro de Berlín, podrían desembocar en regímenes democráticos en la región, situación que plantearía la posibilidad de facilitar la solución —finalmente— del conflicto palestino-israelí, lo cual sería de beneficio, a su vez, al mundo en su totalidad.

Aunque admito que, a pesar de todo lo que he expresado anteriormente, los resultados definitivos de todos estos procesos y movimientos de protesta están aún por verse, comparto la posición de que Occidente está llamado a respaldarlos sin ambages ni mojigaterías.

No manifestar un apoyo decidido a estos movimientos, ya sea por consideraciones diplomáticas o económicas, sería tan desacertado como apoyar el estalinismo en medio de las revoluciones democráticas en los países de Europa del Este en la década de los ’80. Una vez los cielos despejen se podrán formular los parámetros políticos que habrán de guiar las relaciones con los nuevos gobiernos esperando, desde luego, que accedan al poder sectores democráticos y laicos en lugar de frentes del integrismo o el fundamentalismo islamista.

Las expresiones de un manifestante libio a CNN resumen lo que está planteado en estos momentos en el mundo árabe: "Our goal is simple: We want Gadhafi to leave. We want freedom. ... We want democracy."

Por mi parte, espero que la vorágine liberadora contra los regímenes autoritarios y opresores en el Oriente Próximo culmine, como en el caso de la Europa de los años ’80, en un nuevo escenario en el que las libertades democráticas y la modernidad económica y política sean las características dominantes de los Estados de la región. Después de todo, los avances de la Humanidad se han basado en las luchas por alcanzar y ampliar las libertades democráticas y la justicia en general. De ello, precisamente, se trata el progreso y el desarrollo de la Historia.