sábado, 20 de noviembre de 2010

Las tribulaciones nacionalistas del escritor Edgardo Rodríguez Juliá


¿De qué país estamos hablando? por Edgardo Rodríguez Juliá para El Nuevo Día (14 de noviembre de 2010)

El más reciente artículo de Edgardo Rodríguez Juliá, publicado el pasado domingo en El Nuevo Día, puede ser leído como una admisión de derrota, como la capitulación inevitable de un "escritor independentista" ante el final inminente del Estado Libre Asociado, nombre oficial de Puerto Rico en su relación colonial con los Estados Unidos, y de la cada vez más distante posibilidad de fundar la República de Puerto Rico, al menos si ello se va a hacer depender del deseo y la voluntad a ser expresada democráticamente por los puertorriqueños.

Tras exponer sus tribulaciones por la división de "nuestra nacionalidad" en dos grandes "ghettos", principalmente como producto de la masiva emigración de puertorriqueños a los Estados Unidos, situación que cataloga como “encerrona”, Rodríguez Juliá admite, con cierta ansiedad cargada de angustia, que la estadidad —opción que conlleva la integración jurídica de Puerto Rico al sistema político norteamericano— es la solución más evidente, y añado por mi parte, la alternativa más coherente, ante la situación colonial de esta isla.

El escritor concluye su artículo con una combativa oración, digna del mejor heroísmo nacionalista, y del austero patriotismo decimonónico, sin que dejemos fuera de las imágenes provocadas por tan contundentes expresiones a la figura definitiva del prócer, del caudillo, tal vez Bolívar, tal vez Maceo, montado en un brioso caballo blanco, a medio levantar sus patas delanteras, listo no para la fuga, sino para el combate, alerta y tenso: "Allí donde viva un solo puertorriqueño, estará la patria."

Ambivalente grito que nos deja pensando si ese "allí" incluye Groenlandia, los Países Bajos, Ceuta, Melilla, o Timbuktu. Ambivalente, debido a que la heroica proclama tiene dos lecturas posibles, una que reconocería que la estadidad no es una amenaza a la “nacionalidad puertorriqueña”, contrario a lo que ha sido el discurso del popularismo colonialista y el independentismo; la segunda, la invocación de la inmortalidad de la Patria en el más fanático nacionalismo.

Aunque estoy de acuerdo con la conclusión de Rodríguez Juliá en cuanto a que la estadidad es la opción más evidente ante la presente situación de Puerto Rico, difiero del contenido y del tono de algunos de sus señalamientos sobre los cuales deseo hacer unos comentarios. (Continúa)


Un elemento que abona a las tribulaciones de Rodríguez Juliá es el hecho de que por los puertorriqueños ostentar la ciudadanía norteamericana, tienen libre acceso a los Estados Unidos y su mercado de empleo. Ese factor, junto a la bancarrota del gobierno colonial y la crisis económica de la isla, ha propiciado un masivo movimiento migratorio que ha elevado a cerca de 4.1 millones la cantidad de puertorriqueños residentes en los Estados Unidos. Es decir, más de la mitad de quienes se identifican como puertorriqueños, incluyendo aquellos que residen en la isla, los cuales suman unos 3.8 millones.

A ello se une el que para todos los efectos prácticos, Puerto Rico funciona y es tratado como un estado federado de los Estados Unidos. Los elementos básicos de los que carece Puerto Rico para ser un estado federado son el derecho a tener y poder elegir representantes ante el Congreso, el derecho a votar por el Presidente, y la plena integración al sistema tributario federal.

En ese sentido no se equivoca Rodríguez Juliá cuando indica en el penúltimo párrafo de su artículo que la estadidad “[s]ería el reconocimiento jurídico del estado actual de cosas…”. Este, de hecho, es un elemento de una de las dos posibles lecturas de sus palabras finales.

Es errada, por otro lado, la caracterización que Rodríguez Juliá hace de los puertorriqueños que han emigrado a los Estados Unidos como "ghetto"; es una generalización cargada de prejuicios sobre la realidad de los puertorriqueños en Estados Unidos, quienes en su inmensa mayoría ni aspiran a permanecer en comunidades marginadas, ni desean ser estigmatizados mediante semejantes clasificaciones.

Por otro lado, a quienes se han atrevido a emigrar, Rodríguez Juliá les dice: "[N]uestro desempeño como emigrantes a Estados Unidos continentales sigue siendo pobre. La tasa de pobreza asciende entre los emigrantes boricuas allá y el desempleo sube acá. Como quiera que te embarques allá o te cases acá, boricua, la vida no pinta bien para ti."

Con sus expresiones Rodríguez Juliá, parecería sufrir de un arrebato de despecho que lo lleva a condenar, y a tratar con desdén, a los emigrantes puertorriqueños, sobre todo a los de estos últimos años por haber "abandonado la Patria”.

Lo cierto es, y ello lo sabe muy bien nuestro afamado escritor, que la emigración de los últimos años no se ha dirigido únicamente a la Florida Central, e incluye una alta cantidad de profesionales cuya situación no ha sido la de verse inmersos en la pobreza en los Estados Unidos.

Para un análisis sobre la emigración puertorriqueña sugiero considerar el trabajo del Dr. Carlos E. Santiago, publicado el 28 de enero de 2010 en la Enciclopedia de Puerto Rico en Línea, y titulado Perfil demográfico de la diáspora. En este trabajo el Dr. Santiago indica:

Las tasas de pobreza entre los puertorriqueños en Estados Unidos también varían dependiendo de la región geográfica en donde reside la población. El lugar de residencia influye las posibilidades de empleo y los ingresos, la vivienda y los servicios educativos disponibles. Si consideramos la frecuente movilidad geográfica de los puertorriqueños dentro de la nación estadounidense y entre Puerto Rico y Estados Unidos, no nos sorprende que las condiciones de pobreza de esta población a menudo se extiendan de una comunidad a otra sin, hasta el momento, seguir ningún patrón uniforme. A pesar de todo, ha habido un progreso muy real: el ingreso de las familias y el ingreso personal han ido en aumento; el nivel de pobreza ha disminuído; el aprovechamiento educativo ha mejorado bastante; y poco a poco a ido surgiendo una clase media entre los puertorriqueños de la diáspora.
Como se puede apreciar, el asunto es mucho más complejo que las conclusiones que Rodríguez Juliá dispara desde la cintura en su artículo.

Para la gran mayoría de los puertorriqueños, particularmente aquellos que han decidido emigrar a los Estados Unidos, lo expuesto por Rodríguez Juliá en su artículo, "no es un issue". Es decir, se trata de un asunto resuelto hace más de medio siglo. Patriotismos etéreos, sin respuesta a los problemas del vivir y sobrevivir, folklorismos, alcapurrias, próceres difuntos y vivientes, malabaristas heroicos, ilustrísimos artistas de abultadas barbas blancas correteando por los pasillos de un tribunal, son todos ejemplos y componentes de la rutina diaria de la provincia, a la que nadie realmente le concede importancia, mucho menos en medio de la crisis de la colonia.

Para la inmensa mayoría de esos puertorriqueños, los cuales según Rodríguez Juliá constituyen y constituirán los componentes de un doble “ghetto", el asunto de su identidad no está en discusión; no la entienden amenazada por el hecho de emigrar, ni por la adopción de la estadidad como solución al problema colonial de Puerto Rico.

Y es que este asunto del nacionalismo —que es el meollo de la ansiedad manifestada por Rodríguez Juliá— me provoca una especie de corrientazo en el cuello, una incómoda sensación en los terminales nerviosos de la espalda y en lo profundo de las vísceras, que se nutre del recuerdo de los horrendos crímenes cometidos en la historia de la Humanidad en nombre del nacionalismo y otros fundamentalismos.

A su vez, la idea y pretensión de culturas inmutables, puras, vacunadas contra toda contaminación extranjera, me parece una aberración sobre todo a estas alturas del desarrollo de la revolución científico-técnica, el desarrrollo de las comunicaciones y de la eliminación paulatina de las fronteras —¿acaso no fue ese uno de los sueños de Marx?— proceso que mantiene su marcha, lenta pero firme, sobre todo a través del Internet. (1)

En el plano de la realidad inmediata de Puerto Rico, Rodríguez Juliá termina reconociendo, sin decirlo, que la estadidad, contrario a la prédica del popularismo colonialista y del independentismo, no constituye amenaza alguna a la preservación de eso que damos por llamar la “identidad” o “nacionalidad” boricua, cuando se refiere a los dos “ghettos”, que no son sino la presencia de los puertorriqueños en dos contextos territoriales distintos. Y es este el segundo componente de la primera posible lectura a la oración final de su artículo.

No obstante ello, en otro ataque de desdén, el atribulado “escritor independentista” nos anticipa “lo impensable”, en el caso de que los Estados Unidos impusiera la independencia a los puertorriqueños: una “revuelta boricua en la isla para que no nos quiten los cupones, los cheques de estímulo Obama ni las becas Pell, con la previsible fuga, abandono del barco zozobrante, a nuestros lares norteños.”

Con ello, el atribulado escritor, obvia que la carencia de un programa decididamente democrático, evidenciado ello por el silencio y la complicidad con los regímenes dictatoriales de la región, y todo aquél que se proclame enemigo de los Estados Unidos, y el sistema económico capitalista, le ha impedido y le seguirá impidiendo al independentismo convocar a la ciudadanía a ningún proyecto político. Las preguntas seguirán en el aire sin recibir respuesta por parte del independentismo: ¿Qué tipo de modelo? ¿A lo Chávez? ¿Siguiendo el modelo fracasado de Cuba? ¿Una economía bajo un estado autoritario como Singapur? Y sobre todo, la pregunta del jaque mate: ¿Con cuáles recursos de capital? (2)

Rodríguez Juliá (lo que confirmaría la segunda lectura posible a su última oración) maltrata y ridiculiza a los puertorriqueños de a pie —esos seres que no catan vinos italianos, ni disfrutan de las puestas de sol desde algún punto de los montes del barrio Jájome— para quienes de lo que se trata es mucho más sencillo: alcanzar su bienestar, su felicidad, y no verse privados de los derechos individuales de los que disfrutan en la actualidad, incluyendo, primordialmente, su libertad de movimiento hacia los Estados Unidos.

Y cuando de eso se trata, Don Edgardo, puede ocurrir lo "impensable". Ya usted vio lo que hizo aquella gente en Berlín aquel 9 de noviembre de 1989.

Notas:

1. Sobre este tema vea El Nacionalismo el Día Después de la Crisis Global y la compilación de ensayos del escritor y filósofo Fernando Savater, titulada Contra las patrias, Tusquets Editores, 2007.

2. En relación con este tópico: Puerto Rico: Rubén Berríos, soberanistas PPD, y la crisis del independentismo.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Puerto Rico: Rubén Berríos, soberanistas PPD, y la crisis del independentismo (Comentario a El ideal supremo de la guagua, publicado en El Nuevo Día)

(En días recientes fue presentada, como si se tratara de algo realmente nuevo, la creación de un movimiento de unificación de los llamados soberanistas puertorriqueños, bajo las siglas MUS. Por otro lado, un sector del independentismo, ha sugerido la adopción de la socialdemocracia como modelo económico para Puerto Rico, separando ello del proceso de dilucidación del problema colonial de la Isla, asunto que discutimos en un artículo reciente titulado "Chávez, Chomsky, Socialdemócratas y el 'rescate de la política' en Puerto Rico". Por su pertinencia respecto a estos asuntos, reproducimos este artículo que fue publicado originalmente el 28 de febrero de 2010. En aquella ocasión evaluamos la situación del Partido Popular Democrático, a los "soberanistas" y expusimos varios planteamientos sobre la crisis del independentismo, y la necesidad de que éste revise su discurso político, y sus posturas ante los regímenes dictatoriales en la región.)

En un artículo publicado el sábado 27 de febrero, titulado El ideal supremo de la guagua, el presidente del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), Rubén Berríos Martínez, digamos que "deconstruye" la visión de que estamos presenciando un gran cisma ideológico, guiado por diferencias de principios políticos fundamentales, entre los colonialistas y los presuntos soberanistas del Partido Popular Democrático (PPD), entidad que defiende (siempre lo ha hecho) el mantenimiento de la presente relación jurídica y política colonial de Puerto Rico con los Estados Unidos.

Aunque coincido en varios extremos con Berríos, deseo presentar algunos comentarios adicionales a los expuestos por éste en lo que respecta al PPD, e identificar algunas diferencias con su análisis. La principal de éstas, tal vez, la dificultad del liderato independentista, para reconocer que el independentismo puertorriqueño se encuentra en una crisis profunda desde hace varios lustros, dramatizado ello por la pérdida de la franquicia electoral por el PIP, debido a la insuficiencia de votos en los sufragios del año 2000 y 2004. Expongo más adelante que ello es, al menos en parte, una consecuencia de la carencia de proyectos democráticos de desarrollo por parte de las agrupaciones independentistas. (Continúa)

Lo primero que señala Berríos es la presencia en el debate de un sector que defiende una concepción de relación con los Estados Unidos que no se diferencie fundamentalmente de la existente actualmente. Ese sector reconoce cándidamente que soberanía política no es otra cosa que Independencia. Esta posición rechaza que se promueva cualquier formulación del llamado Estado Libre Asociado (ELA), que implique o se asemeje a la Independencia. Y dice más: tal posición no es consistente con los postulados históricos del PPD.

Aunque suene difícil de tragar para algunos, lo cierto es que, en ese sentido, ese sector no se equivoca, al menos no rotundamente. Tal es la esencia histórica del PPD que, como el Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano, fue diseñado para ser la "dictadura perfecta". Una maquinaria poderosa para ganar elecciones y administrar el presupuesto colonial, nutrido en buena medida de los fondos de transferencias federales, y capaz de dirigir un sistema rentista y de patronazgo, convirtiendo al gobierno en el principal patrono en la Isla. Un estado benefactor subsidiado por el "imperialismo yanqui". Modelo que, como sabemos, ha colapsado por la ausencia del desarrollo de los sectores productivos de la economía isleña, el uso del aparato gubernamental como empleador, y la existencia de un déficit gubernamental monumental.

Cierto es, por otra parte, que el usufructo de la administración de este modelo ha sido compartida por el Partido Nuevo Progresista (PNP), formación que favorece la integración jurídica y política total con los Estados Unidos o "estadoismo", por diferentes períodos. Sin embargo, es el PPD el dueño en pleno dominio de este modelo y su principal promovente.


Otro sector dice defender la definición de un ELA basado en "mil y una" nociones de soberanía política que, como en los cuentos de Sherezada, pretenden distraer al soberano, y que discurren desde la definición de aquella como la voluntad expresada en las urnas, hasta el concepto de un modelo de "libre asociación" o "república asociada".

De lo que trata realmente todo esto, sin embargo, es de la búsqueda desesperada por unos y otros de formas para atraer electores, mediante alguna formulación del proyecto del ELA que le permita al PRI, digo, al PPD, regresar a la administración del gobierno colonial. Es ese el fin último de toda esta discusión en el seno de esa formación política. Unos apuestan a la búsqueda de aquellos electores que se movilizaron a votar en el 2008 por el PNP. Otros apuestan a atraer a un escuálido sector presuntamente independentista cuya base electoral real en Puerto Rico se reduce cada día más.


Por otro lado, no debe obviarse que tras estas aparentes grandes confrontaciones ideológicas, se ocultan los acomodos de unos y otros en la lucha por posicionarse con miras a las diferentes candidaturas para las elecciones del 2012.

El PPD cuenta con todo un arsenal demagógico cuando de adoptar posiciones públicas se trata. En este caso, el objetivo no es otro que al final aglutinar su electorado a base de postulados lo suficientemente ambiguos como para que ningún sector se sienta rechazado. Después de todo, se piensa, de lo que se trata en las elecciones pautadas para dentro de dos años es de demostrar que la administración del PNP ha sido desastrosa y que atenta contra la "nacionalidad puertorriqueña", este último un argumento repetido hasta la náusea en los eventos electorales "boricuas".

Un sector que pretende ser atraído por el PPD mediante estos esquemas demagógicos es el de populares que se autoproclaman como independentistas y "soberanistas", y que ya han movido en el tablero su primer peón. Lo que alguna vez fue llamado "oposición verdadera", "puertorriqueñidad", "antianexionismo", hoy se declara "soberanista". En un movimiento para presionar al liderato del PPD, ya ha insinuado que habrá de inscribirse como partido para participar en las próximas elecciones.

La movida, promovida por abogados otrora líderes del PIP y otras instituciones isleñas, así como personajes de la farándula, entre otros, no es más que un mensaje al PPD para que se les tome en cuenta en los nuevos reacomodos pre-electorales. Amparados en los discursos del Alcalde PPD del municipio de Caguas, William Miranda Marín, paradójicamente un general de la Guardia Nacional de los Estados Unidos en Puerto Rico, proclaman que es la hora de la soberanía, y que si el PPD no la defiende, ellos acudirán a las urnas en búsqueda del apoyo del electorado. Sin embargo, lo cierto es que la capacidad real de convocatoria de este grupo apela, sin más, a una base escuálida de electores, que en las últimas elecciones se volcó, como siempre, a votar por el PPD, y no pudo evitar su aplastante derrota.

En su artículo, Rubén Berríos trata con guantes de seda este sector ideológico, planteando una distinción entre aliados permanentes del PPD e independentistas confundidos, que de verdad creen en la descolonización. Me parece acertado desde su perspectiva, el intento de lanzar puentes en esa dirección. Sin embargo, es necesario reconocer que los sectores que el PIP trata de reconquistar, identifican a la propia figura de Berríos como uno de sus principales obstáculos para respaldar a ese partido. Ello es un hecho tan irracional como escuetamente cierto.

Contrario a Berríos, me parece que el "semillero de estadistas" propiciado por el ELA hace mucho tiempo que comenzó a germinar en Puerto Rico. Más aún, sostengo que el independentismo en su generalidad no se ha querido percatar de los cambios dramáticos y profundos, de las nuevas circunstancias en el mundo, que hacen de la estadidad (la integración jurídica y política total a los Estados Unidos) una opción con una viabilidad mayor, que hace unos 20 o 30 años atrás.

Relacionado con este planteamiento he comentado en otro lugar, al considerar la nominación de la juez de origen puertorriqueño, Sonia Sotomayor, al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, lo siguiente:

La clase política estadounidense ha iniciado el proceso de aceptar el principio de que el elemento unificador del país es el respaldo a los valores y derechos democráticos consignados en la Constitución. Como producto de ese proceso se va configurando con mayor fortaleza una nueva visión del “ser ciudadano” en los Estados Unidos.
...[L]as diferencias entre griegos, italianos, negros, judíos, hispanos, y blancos anglosajones protestantes, van pasando a un segundo plano a la hora de seleccionar a las mujeres y hombres que mejor puedan aportar a las instituciones de gobierno”.
...[S]e trata esta de una aportación fundamental a la política y a la cultura política no sólo de los propios Estados Unidos, sino del mundo entero, y particularmente de Europa.
No debe, no puede, ser pasado por alto lo que significa para el mundo y para el propio Estados Unidos la elección de un negro, nacido en Hawaii, hijo de inmigrante africano y de una oriunda norteamericana, a la Presidencia de los Estados Unidos. Ese evento plantea una nueva vertiente en la discusión del rol de las nacionalidades, particularmente en las antiguas metrópolis coloniales.
Si bien en el campo económico se discute un retorno del proteccionismo [...] hacia el interior de las sociedades y los estados nacionales, adquiere relevancia el rechazo a la exclusión y al odio racial o basado en el origen étnico-nacional de las personas.
El ser ciudadano de uno u otro Estado, adquiere nuevos significados y retos que no están definidos a base del sentimiento nacionalista, sino en la aceptación y defensa de un conjunto de principios democráticos esenciales.
En ese sentido, la crisis del independentismo pasa por dos eventos fundamentales. Aclaro, antes de continuar, que con ello no pretendo agotar la evaluación de este tema, sino sugerir, en todo caso, ángulos iniciales para su análisis.

El primero: la pérdida de relevancia del concepto de Estado-Nación, al menos en aquellas sociedades con cierto nivel de desarrollo o acceso a las nuevas tecnologías, particularmente de la informática, lo que plantea un nuevo tipo de comunidad, nuevas formas de vínculos culturales y conceptos de identidad.

Por otro lado, tras la caída del muro de Berlín en 1989, el independentismo carece de un proyecto, de una propuesta de valores políticos, y principios respecto a la dirección que debe tomar el sistema económico.


El independentismo boricua se niega a siquiera criticar, ya no digamos rechazar, los modelos autoritarios en Cuba, Venezuela, Nicaragua, o Irán, por ejemplo. Sus modelos ante los ciudadanos en la Isla, son tomados de experiencias autoritarias como las de Singapur. La posición oficial del independentismo, frente a realidades políticas antidemocráticas como las de Irán, Venezuela o Cuba, simplemente es el silencio total, en unos casos, o peor aún, de complicidad delirante. La única guía de acción, el único modelo que se le presenta a los ciudadanos, es el del antiamericanismo y el anticapitalismo.

¿Estaría dispuesto el independentismo a ofrecerle a los puertorriqueños la adopción de modelos de desarrollo democrático, digamos, como el chileno? ¿Qué tal si en lugar de seguir los pasos de los sempiternos "perfectos idiotas latinoamericanos", como es el caso de Hugo Chávez, el independentismo propusiera un modelo profundamente democrático, de economía de mercado y propiedad privada, y amistad clara con los Estados Unidos, favorecedora de tratados de libre comercio, no fundados en un nacionalismo proteccionista, sino en una apertura mutua de mercados? ¿Qué tal si como parte de este modelo, el independentismo propusiera la protección del ambiente, los derechos de los trabajadores, y los derechos civiles mediante preceptos similares a los adoptados en los propios Estados Unidos? ¿Está dispuesto el independentismo a superar la retórica de una presunta izquierda latinoamericana, perdida en la Historia y concentrada narcisistamente en la admiración de sí misma y en el rechazo del mundo exterior objetivo?

Temo que el antiamericanismo, y la noción del anticapitalismo como lucha permanente e irrenunciable, impedirá al independentismo aceptar tales retos. Temo, al final, que esto es pedirle demasiado al independentismo boricua, tan decimonónico y tan burdamente nacionalista. Tal vez es por ello que el "soberanismo", la última cortina de humo de los viejos aliados permanentes del PPD desde el nacionalismo y la izquierda prehistórica, y el más reciente juego demagógico del PPD, sea el jaque mate al independentismo puertorriqueño.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Chávez, Chomsky, Socialdemócratas y el "rescate de la política" en Puerto Rico

"Chávez dispara las ventas de Chomsky: ELPAÍS.com; foto cortesía de El País

Admito que el reportaje que uso de referencia tiene más de cuatro años. Pero como verán más adelante ésa no es la médula de este comentario. Y es que este reportaje de José Manuel Calvo, de septiembre de 2006, nos hace recordar que, a estas alturas, el "otro mundo posible" que estaba siendo construído por Chávez, según profetizara el ilustre Noam Chomsky en su visita a Venezuela para agosto del año pasado, no es sino un estado autoritario, una suerte de mamarracho antidemocrático, que de hecho, y no semánticamente, contradice aun los propios postulados de este intelectual "anarco-sindicalista".

Desde luego, semánticamente se podría arguir que si de vender libros se trata, todo se vale. Lo que nos lleva, nuevamente, al problema del cinismo político y de la honestidad intelectual, mucho más ahora que parece estará de moda en Puerto Rico, entre los analistas de croquetitas y café en las tardes, la frase (¿o debo decir consigna?) "al rescate de la política". (Continúa. Oprima el enlace para continiuar leyendo.)

Los presagios fallidos del prestigioso lingüista, así como las ejecutorias del líder indiscutible de ese "otro mundo posible" que hoy se cae en pedazos, desde el Distrito Federal de Caracas hasta Canaima, nos hace preguntarnos, qué nos tienen que decir sobre ese fenómeno, los "marxistas" y "socialistas revolucionarios", "fogueados" y "formados" en el activismo universitario de los años '70, que acaban de descubrir la existencia de la socialdemocracia para proponerla como modelo de desarrollo económico, para la isla de Puerto Rico. (Un poco tarde, de hecho, si se toma en consideración que el Partido Independentista Puertorriqueño posee esa franquicia hace más de 20 años bajo la Internacional Socialista.)

¿Qué tienen que decir los nuevos socialdemócratas sobre el modelo que Chávez representa para la región, basado en el autoritarismo y el rechazo a la economía capitalista, habida cuenta de que, por el contrario, este sistema no es rechazado por ninguno de los paises gobernados por la socialdemocracia? Para ejemplos, basta mencionar a Chile y a España.

¿Si la socialdemocracia es recomendable para Puerto Rico, por qué no hay en record expresión alguna de los nuevos socialdemócratas a favor de que se produzcan cambios similares en Cuba, al menos en el orden de las libertades democráticas? ¿Qué hace tan distinta a Cuba de Puerto Rico como para que su proceso de cambio no se pueda o deba dirigir hacia la socialdemocracia como se propone para Puerto Rico?

¿No será este anunciado mecanismo para "rescatar la política" un juego semántico para ocultarle a los ciudadanos lo que no se desea admitir abiertamente: el abandono —en todo derecho y enhorabuena— de las viejas posturas de la llamada izquierda revolucionaria? ¿No es ello contradictorio con abogar por el "rescate de la política"?

¿No es contradictorio abogar por el "rescate de la política", y al mismo tiempo, en la mejor tradición de la demagogia caribeña, ocultar el concepto de Independencia tras los términos "soberanía", y "libre asociación", como lo propone el llamado Movimiento Unión Soberanista, a sabiendas de que ninguno de esos términos tiene relevancia o contenido sino bajo la Independencia?

¿No es contradictorio abogar por el "rescate de la política", y al mismo tiempo, promover un mecanismo procesal para la atención del problema colonial de Puerto Rico —una asamblea constitucional— que todos sabemos se utilizará para la fabricación de una falsa mayoría contra la voluntad del 90% de la población?

Como todos sabemos, y no hay que ir a Harvard para comprobarlo, los modelos socialdemócratas son sistemas de administración del Estado, que adoptan determinadas políticas sociales y económicas, todas ellas dentro del marco del capitalismo. Es decir, se basan en el modelo económico de la libre competencia, el libre mercado y el reconocimiento del derecho a la propiedad privada.

¿No es contradictorio abogar por el "rescate de la política", y al mismo tiempo, ocultar que de lo que se está hablando en verdad es de la necesidad de optar por una de las formas del sistema económico capitalista?

Para el "rescate de la política", ¿no sería lo propio reconocer, abierta y sinceramente, que ni el modelo socialista revolucionario de los '70 y los '80, ni el desbarrancado y autoritario modelo chavista "del socialismo para el siglo 21", son opciones reales para un efectivo desarrollo económico y político?

De sobra sé que estas preguntas no serán atendidas, mucho menos contestadas. Sin embargo, y desafortunadamente, ello es muestra del cinismo y la falta de honestidad intelectual predominate en un amplio sector de la clase política y de la llamada intelectualidad de Puerto Rico.

Las noticias, y algún enjundioso ensayo de los últimos días, confirman la inventiva de algunos para montar artefactos propagandísticos —que adocenan la política tanto o más que lo que se dice criticar— los cuales al final del camino, y después de todo, no podrán imponerse frente a la realidad que no se desea reconocer.

Por lo pronto, les recomiendo el reportaje de Pepe Calvo en El País. Se divertirán.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Estados Unidos y el voto latino: la paradoja republicana

La amplia victoria del Partido Republicano en la elecciones parlamentarias del pasado 2 de noviembre le plantea, por un lado, una contradicción a ese partido, específicamente a sus sectores más conservadores, y a aquellos vinculados al movimiento del Tea Party.

Por el otro, ahora que los republicanos serán mayoría en la Cámara de Representantes, y además tendrán la capacidad de imponer límites a los gastos del gobierno, se presenta un reto a la manera en que habrán de ser manejados asuntos relacionados con los hispanos, como el de la Ley sobre Inmigración de Arizona, la reforma migratoria, aún pendiente en la agenda política del presidente Barack Obama, así como la política hacia América Latina y el Caribe. Finalmente, estos resultados confirman el proceso de transición que vive la sociedad norteamericana y su clase política en cuanto a la aceptación de la diversidad y la definición del “ser ciudadano” de los Estados Unidos. (Continúa. Para el resto del texto oprima "Continuar leyendo".)


Posiciones ideológicas aparte —Marco Rubio, republicano de origen cubanoamericano, electo al Senado por el estado de la Florida, es considerado por muchos como un ultra-conservador— lo cierto es que, como refleja el reportaje de José A. Delgado de El Nuevo Día, del 5 de noviembre de 2010, el peso y presencia del electorado y los líderes latinos en la política de los Estados Unidos continúa en ascenso.

A la elección de Rubio al Senado —quien se une al demócrata Robert Menéndez (por el estado de New Jersey) como los únicos latinos en ese cuerpo— se suman los 7 republicanos hispanos electos a la Cámara, un aumento de cuatro representantes de acuerdo al reportaje de Delgado. Estos se suman a los 17 demócratas para un total de 24 congresistas hispanos en ese cuerpo.

En el campo demócrata, y gracias al respaldo masivo del voto hispano, Harry Reid, del estado de Nevada, y líder de la mayoría en el Senado, así como Bárbara Boxer, del estado de California, regresarán a ese cuerpo, y Jerry Brown, será gobernador de California.

A estos resultados se suma el hecho de que los republicanos Brian Sandoval y Susana Martínez serán gobernadores de Nevada y Nuevo México, respectivamente, lo que destaca la presencia de latinos de ese partido en la política norteamericana. Es particularmente interesante el hecho de que los únicos gobernadores hispanos en Estados Unidos estén afiliados al Partido Republicano.

Las elecciones del martes pasado dejaron claro que los hispanos tienen un peso vital en los procesos políticos, lo que resulta ser un reto para toda la clase política, desde los sectores más conservadores hasta los más liberales. En la realidad sociopolítica de los Estados Unidos hay, por necesidad, que contar con el voto hispano, y el liderato político de ese sector, lo cual tiene efectos tanto sobre la política doméstica como, en el plano internacional, en la política respecto a América Latina.

En el plano doméstico inmediato, y en lo que respecta a los asuntos que preocupan a los inmigrantes hispanos, legales e ilegales, la existencia de un Senado demócrata, una Cámara de Representantes republicana, y un Presidente en minoría, plantea la posibilidad de diferentes escenarios que dependerán de las maneras en que se haga uso del poder en un sistema diseñado a base de balances y contrapesos, y de los procesos de negociación que son característicos de situaciones como la presente.

Aunque la cantidad de congresistas que apoyaban la aprobación de mecanismos condicionados para la legalización de los indocumentados se redujo de 206 a 170, la realidad es más compleja, y es de esperar que entre los propios congresistas republicanos hayan matices y énfasis distintos sobre este asunto. En ese contexto, la creciente importancia del voto hispano será un criterio que no podrá ser fácilmente obviado al momento de actuar sobre los asuntos de política migratoria. (Sobre este tema vea el artículo de Andrés Oppenheimer titulado New Congress won't lead to `fortress America', publicado en el Miami Herald del 4 de noviembre, o su versión en español en Informe21.com)

El hecho de que los procesos legislativos no estén bajo el control de un sólo partido no debería impedir que se atiendan —sino todo lo contrario— los intereses y preocupaciones de quienes, ante realidades como la de Arizona, favorecen el aumento de controles migratorios, y a un mismo tiempo, permitir una vía para la legalización de los 11 millones de indocumentados, la mayoría de los cuales se encuentran hace años residiendo y trabajando en los Estados Unidos, sin representar amenaza alguna a la seguridad de la sociedad. Una reforma migratoria integral no debe promover el racismo, o el discrimen por origen nacional, ni obviar el control en los procesos de entrada y permanencia en el país.

En el plano de la política hacia Latinoamérica, se teme que por el lado republicano se insista en la reducción de las ayudas a los gobiernos de la región, particularmente México, Centroamérica y el Caribe, en las áreas de la lucha antidrogas y de apoyo humanitario.

Ante la posible reducción de las ayudas a estos países cobra mayor importancia la adopción por los Estados Unidos de una política efectiva dirigida a promover el desarrollo económico de los países de América Latina y el Caribe, lo cual contribuiría a reducir el flujo migratorio y de fuga de cerebros hacia el país. La consideración y eventual aprobación de los acuerdos comerciales con Colombia y Panamá, aún pendientes sobre la mesa, sería un paso en la dirección correcta.

Reconozco que el desarrollo de una política comercial que contribuya al desarrollo económico en la región enfrenta diversos obstáculos. La mayoría de éstos provienen de los propios países de América Latina, cegados por los populismos nacionalistas y el antiamericanismo, a lo que se unen las posiciones aislacionistas y proteccionistas de los sectores más extremos del lado conservador en los Estados Unidos. Ante estos últimos, la presión por parte de los hispanos puede servir de contrapeso para favorecer el desarrollo de políticas comerciales que promuevan el desarrollo en la región.

La gran paradoja para el Partido Republicano consiste en que su liderato sabe, como lo sabe toda la clase política norteamericana, que mostrar simpatías por las propuestas del movimiento del Tea Party, puede ganarle adeptos entre sectores conservadores de la población; sin embargo, habida cuenta del continuo crecimiento demográfico y político de los hispanos, aun dentro de su propio partido, lo aconsejable sería asumir una actitud prudente frente a las inquietudes y reclamos de este sector.

Después de todo, tanto la elección de George Bush, hijo, como la del presidente Obama en el 2008, y aún la de varios de los propios candidatos republicanos en las elecciones del martes pasado, estuvieron de una u otra manera en las manos de un sector que ha pasado de ser importante únicamente como tarjeta de mercadeo comercial, a uno que puede decidir quien regirá los destinos de los Estados Unidos. Algo que no debe, ni puede, ser desdeñado o simplemente pasado por alto.

Los resultados de las elecciones del 2 de noviembre pasado permiten reiterar que los cambios demográficos en los Estados Unidos, así como los desarrollos tecnológicos y científicos globales, han ido, y seguirán planteando, el desarrollo de una nueva realidad a la sociedad norteamericana y su clase política.

Esa gradual transformación de la realidad, así como de los paradigmas políticos, apuntan a que la noción de “ser ciudadano” habrá de basarse, cada vez más, en la aceptación por el individuo de un conjunto de principios y responsabilidades bajo un orden constitucional, en lugar de estar condicionados al lugar de nacimiento, a la nacionalidad o al origen étnico de las personas. (Sobre este tema vea los artículos bajo la sección titulada “Diversidad y Ciudadanía”.)

El proceso de transición que vive Estados Unidos en torno a la concepción de “ser ciudadano”, así como de la aceptación definitiva de la pluralidad —para algunos tal vez por simple resignación— como rasgo sociopolítico distintivo de la sociedad norteamericana es, sin dudas, uno lento y zigzagueante. Así ha sido desde la prohibición de la esclavitud, pasando por el reconocimiento del derecho al voto a las mujeres y los derechos democráticos de los afroamericanos, hasta la elección del primer presidente de la raza negra en la historia norteamericana. El desarrollo y reconocimiento de los derechos individuales y la democracia en los Estados Unidos no ha sido un proceso lineal. Por eso, y en el caso específico de los hispanos, ante sus cambios de ruta, sus avances y sus retrocesos, se puede afirmar, como dijera Galileo, “…pero se mueve”. Siempre lo ha hecho.