sábado, 20 de noviembre de 2010

Las tribulaciones nacionalistas del escritor Edgardo Rodríguez Juliá


¿De qué país estamos hablando? por Edgardo Rodríguez Juliá para El Nuevo Día (14 de noviembre de 2010)

El más reciente artículo de Edgardo Rodríguez Juliá, publicado el pasado domingo en El Nuevo Día, puede ser leído como una admisión de derrota, como la capitulación inevitable de un "escritor independentista" ante el final inminente del Estado Libre Asociado, nombre oficial de Puerto Rico en su relación colonial con los Estados Unidos, y de la cada vez más distante posibilidad de fundar la República de Puerto Rico, al menos si ello se va a hacer depender del deseo y la voluntad a ser expresada democráticamente por los puertorriqueños.

Tras exponer sus tribulaciones por la división de "nuestra nacionalidad" en dos grandes "ghettos", principalmente como producto de la masiva emigración de puertorriqueños a los Estados Unidos, situación que cataloga como “encerrona”, Rodríguez Juliá admite, con cierta ansiedad cargada de angustia, que la estadidad —opción que conlleva la integración jurídica de Puerto Rico al sistema político norteamericano— es la solución más evidente, y añado por mi parte, la alternativa más coherente, ante la situación colonial de esta isla.

El escritor concluye su artículo con una combativa oración, digna del mejor heroísmo nacionalista, y del austero patriotismo decimonónico, sin que dejemos fuera de las imágenes provocadas por tan contundentes expresiones a la figura definitiva del prócer, del caudillo, tal vez Bolívar, tal vez Maceo, montado en un brioso caballo blanco, a medio levantar sus patas delanteras, listo no para la fuga, sino para el combate, alerta y tenso: "Allí donde viva un solo puertorriqueño, estará la patria."

Ambivalente grito que nos deja pensando si ese "allí" incluye Groenlandia, los Países Bajos, Ceuta, Melilla, o Timbuktu. Ambivalente, debido a que la heroica proclama tiene dos lecturas posibles, una que reconocería que la estadidad no es una amenaza a la “nacionalidad puertorriqueña”, contrario a lo que ha sido el discurso del popularismo colonialista y el independentismo; la segunda, la invocación de la inmortalidad de la Patria en el más fanático nacionalismo.

Aunque estoy de acuerdo con la conclusión de Rodríguez Juliá en cuanto a que la estadidad es la opción más evidente ante la presente situación de Puerto Rico, difiero del contenido y del tono de algunos de sus señalamientos sobre los cuales deseo hacer unos comentarios. (Continúa)


Un elemento que abona a las tribulaciones de Rodríguez Juliá es el hecho de que por los puertorriqueños ostentar la ciudadanía norteamericana, tienen libre acceso a los Estados Unidos y su mercado de empleo. Ese factor, junto a la bancarrota del gobierno colonial y la crisis económica de la isla, ha propiciado un masivo movimiento migratorio que ha elevado a cerca de 4.1 millones la cantidad de puertorriqueños residentes en los Estados Unidos. Es decir, más de la mitad de quienes se identifican como puertorriqueños, incluyendo aquellos que residen en la isla, los cuales suman unos 3.8 millones.

A ello se une el que para todos los efectos prácticos, Puerto Rico funciona y es tratado como un estado federado de los Estados Unidos. Los elementos básicos de los que carece Puerto Rico para ser un estado federado son el derecho a tener y poder elegir representantes ante el Congreso, el derecho a votar por el Presidente, y la plena integración al sistema tributario federal.

En ese sentido no se equivoca Rodríguez Juliá cuando indica en el penúltimo párrafo de su artículo que la estadidad “[s]ería el reconocimiento jurídico del estado actual de cosas…”. Este, de hecho, es un elemento de una de las dos posibles lecturas de sus palabras finales.

Es errada, por otro lado, la caracterización que Rodríguez Juliá hace de los puertorriqueños que han emigrado a los Estados Unidos como "ghetto"; es una generalización cargada de prejuicios sobre la realidad de los puertorriqueños en Estados Unidos, quienes en su inmensa mayoría ni aspiran a permanecer en comunidades marginadas, ni desean ser estigmatizados mediante semejantes clasificaciones.

Por otro lado, a quienes se han atrevido a emigrar, Rodríguez Juliá les dice: "[N]uestro desempeño como emigrantes a Estados Unidos continentales sigue siendo pobre. La tasa de pobreza asciende entre los emigrantes boricuas allá y el desempleo sube acá. Como quiera que te embarques allá o te cases acá, boricua, la vida no pinta bien para ti."

Con sus expresiones Rodríguez Juliá, parecería sufrir de un arrebato de despecho que lo lleva a condenar, y a tratar con desdén, a los emigrantes puertorriqueños, sobre todo a los de estos últimos años por haber "abandonado la Patria”.

Lo cierto es, y ello lo sabe muy bien nuestro afamado escritor, que la emigración de los últimos años no se ha dirigido únicamente a la Florida Central, e incluye una alta cantidad de profesionales cuya situación no ha sido la de verse inmersos en la pobreza en los Estados Unidos.

Para un análisis sobre la emigración puertorriqueña sugiero considerar el trabajo del Dr. Carlos E. Santiago, publicado el 28 de enero de 2010 en la Enciclopedia de Puerto Rico en Línea, y titulado Perfil demográfico de la diáspora. En este trabajo el Dr. Santiago indica:

Las tasas de pobreza entre los puertorriqueños en Estados Unidos también varían dependiendo de la región geográfica en donde reside la población. El lugar de residencia influye las posibilidades de empleo y los ingresos, la vivienda y los servicios educativos disponibles. Si consideramos la frecuente movilidad geográfica de los puertorriqueños dentro de la nación estadounidense y entre Puerto Rico y Estados Unidos, no nos sorprende que las condiciones de pobreza de esta población a menudo se extiendan de una comunidad a otra sin, hasta el momento, seguir ningún patrón uniforme. A pesar de todo, ha habido un progreso muy real: el ingreso de las familias y el ingreso personal han ido en aumento; el nivel de pobreza ha disminuído; el aprovechamiento educativo ha mejorado bastante; y poco a poco a ido surgiendo una clase media entre los puertorriqueños de la diáspora.
Como se puede apreciar, el asunto es mucho más complejo que las conclusiones que Rodríguez Juliá dispara desde la cintura en su artículo.

Para la gran mayoría de los puertorriqueños, particularmente aquellos que han decidido emigrar a los Estados Unidos, lo expuesto por Rodríguez Juliá en su artículo, "no es un issue". Es decir, se trata de un asunto resuelto hace más de medio siglo. Patriotismos etéreos, sin respuesta a los problemas del vivir y sobrevivir, folklorismos, alcapurrias, próceres difuntos y vivientes, malabaristas heroicos, ilustrísimos artistas de abultadas barbas blancas correteando por los pasillos de un tribunal, son todos ejemplos y componentes de la rutina diaria de la provincia, a la que nadie realmente le concede importancia, mucho menos en medio de la crisis de la colonia.

Para la inmensa mayoría de esos puertorriqueños, los cuales según Rodríguez Juliá constituyen y constituirán los componentes de un doble “ghetto", el asunto de su identidad no está en discusión; no la entienden amenazada por el hecho de emigrar, ni por la adopción de la estadidad como solución al problema colonial de Puerto Rico.

Y es que este asunto del nacionalismo —que es el meollo de la ansiedad manifestada por Rodríguez Juliá— me provoca una especie de corrientazo en el cuello, una incómoda sensación en los terminales nerviosos de la espalda y en lo profundo de las vísceras, que se nutre del recuerdo de los horrendos crímenes cometidos en la historia de la Humanidad en nombre del nacionalismo y otros fundamentalismos.

A su vez, la idea y pretensión de culturas inmutables, puras, vacunadas contra toda contaminación extranjera, me parece una aberración sobre todo a estas alturas del desarrollo de la revolución científico-técnica, el desarrrollo de las comunicaciones y de la eliminación paulatina de las fronteras —¿acaso no fue ese uno de los sueños de Marx?— proceso que mantiene su marcha, lenta pero firme, sobre todo a través del Internet. (1)

En el plano de la realidad inmediata de Puerto Rico, Rodríguez Juliá termina reconociendo, sin decirlo, que la estadidad, contrario a la prédica del popularismo colonialista y del independentismo, no constituye amenaza alguna a la preservación de eso que damos por llamar la “identidad” o “nacionalidad” boricua, cuando se refiere a los dos “ghettos”, que no son sino la presencia de los puertorriqueños en dos contextos territoriales distintos. Y es este el segundo componente de la primera posible lectura a la oración final de su artículo.

No obstante ello, en otro ataque de desdén, el atribulado “escritor independentista” nos anticipa “lo impensable”, en el caso de que los Estados Unidos impusiera la independencia a los puertorriqueños: una “revuelta boricua en la isla para que no nos quiten los cupones, los cheques de estímulo Obama ni las becas Pell, con la previsible fuga, abandono del barco zozobrante, a nuestros lares norteños.”

Con ello, el atribulado escritor, obvia que la carencia de un programa decididamente democrático, evidenciado ello por el silencio y la complicidad con los regímenes dictatoriales de la región, y todo aquél que se proclame enemigo de los Estados Unidos, y el sistema económico capitalista, le ha impedido y le seguirá impidiendo al independentismo convocar a la ciudadanía a ningún proyecto político. Las preguntas seguirán en el aire sin recibir respuesta por parte del independentismo: ¿Qué tipo de modelo? ¿A lo Chávez? ¿Siguiendo el modelo fracasado de Cuba? ¿Una economía bajo un estado autoritario como Singapur? Y sobre todo, la pregunta del jaque mate: ¿Con cuáles recursos de capital? (2)

Rodríguez Juliá (lo que confirmaría la segunda lectura posible a su última oración) maltrata y ridiculiza a los puertorriqueños de a pie —esos seres que no catan vinos italianos, ni disfrutan de las puestas de sol desde algún punto de los montes del barrio Jájome— para quienes de lo que se trata es mucho más sencillo: alcanzar su bienestar, su felicidad, y no verse privados de los derechos individuales de los que disfrutan en la actualidad, incluyendo, primordialmente, su libertad de movimiento hacia los Estados Unidos.

Y cuando de eso se trata, Don Edgardo, puede ocurrir lo "impensable". Ya usted vio lo que hizo aquella gente en Berlín aquel 9 de noviembre de 1989.

Notas:

1. Sobre este tema vea El Nacionalismo el Día Después de la Crisis Global y la compilación de ensayos del escritor y filósofo Fernando Savater, titulada Contra las patrias, Tusquets Editores, 2007.

2. En relación con este tópico: Puerto Rico: Rubén Berríos, soberanistas PPD, y la crisis del independentismo.

6 comentarios :

MalegreB dijo...

Estupendo análisis Eric, valiente comentario... Fértil para la polémica. haz removido el avispero...

Un abrazo

TFT dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
TFT dijo...

Como siempre, tu análisis serio nos invita a pensar 'en serio', también.

Dos cuestionamientos me vienen a la mente, de momento, y desde la lectura primera de ambos escritos (el de R. Juliá y el tuyo):

1. La estadidad, ¿supondría la pérdida de identidad puertorriqueña? Pienso en las personalidades culturales de los estados de Nueva York y Lousiana, por ejemplo, y cuán diferentes son, siendo ambos estados. O de Hawai'i y North Dakota. Los ejemplos son tantos como el número de estados de esa nación.

2. De decidirnos por alguna fórmula de independencia, y siguiendo tu hilo de pensamiento, ¿con cuáles recursos de capital? Es ahí precisamente, en mi humilde opinión, donde reside el mayor meollo.

Un abrazo y gracias por tus escritos.

Eric Alvarez dijo...

Saludos TFT!!!! Lo veo como tú. La estadidad no elimina las diferencias culturales, las particularidades de las sociedades que conforman cada estado.

Pero para los nacionalistas, los puertorriqueños no deben ni pueden ser parte de la diversísima sociedad norteamericana, sino constituir un Estado-Nación con un territorio propio (la isla que llamamos Puerto Rico).

En ese sentido ven la estadidad como un paso contrario a esa aspiración ya que los puertorriqueños formarían parte de otro Estado-Nacional, con otras culturas y otros nacionalidades. Y ahí viene lo peor del nacionalismo: su pretensión de pureza étnico-cultural, indistintamente de lo que ello signifique para el bienestar de la gente de a pie.

Para el nacionalismo, la estadidad significaría la disolución de la nacionalidad puertorriqueña según ellos la conciben.

Detrás de todo este discurso nacionalista está la pretensión de la inmutabilidad y la inmortalidad del "ser", manifestado en un grupo, una etnia o una nacionalidad, que define "el nosotros" y excluye a los "otros", y que en sus peores manifestaciones trae consigo las terrribles limpiezas étnicas.

Por eso al principio digo que estoy de acuerdo con Rodríguez Juliá. Sin embargo entendí que estaban planteadas unas serias ambivalencias que pretendí analizar (¿deconstruir?) en mis comentarios.

De otra parte, es mi parecer que Rodríguez Juliá fue ambivalente con toda la intención. En primer lugar porque él sabe que los procesos culturales son dinámicos y que los movimientos migratorios y cambios demográficos inciden sobre eso que llaman nacionalidad.

En segundo lugar, pienso, y puedo estar totalmente equivocado, que simplemente, deep inside, Rodríguez Juliá se ha ido alejando de las posturas nacionalistas, reconoce la estadidad como una opción viable,o al menos razonable, pero, ¿cómo decirle eso a sus pares, y al nacionalismo puertorriqueño, sin que lo cuelguen en el medio de la plaza?

La única manera que encontró para plantear su posición fue acudir a sus recursos de buen escritor y no expresar su posición abiertamente, sino con un análisis en el que identificó la presencia de la nacionalidad puertorriqueña, whatever that means, en ambos territorios: Estados Unidos y Puerto Rico.

Usó la desacertada etiqueta del ghetto en el medio de sus tribulaciones y ante la necesidad de usar un lenguaje que proyectara su condena, su rechazo, al vigente "estado de las cosas".

Y tras ello, el cierre heroico, ampuloso, y lo suficientemente ambivalente, como para ser leído como el último grito del guerrero nacionalista, o como la conclusión del sofisticado y objetivo análisis del cronista que identifica y describe una realidad evidente e innegable.

Precisamente todo ello es parte de las tribulaciones por las que ha pasado y debe estar pasando Rodríguez Juliá, ahora, quizá, un poco más aliviado por no llevar la carga de tener que defender lo indefendible.

Y es que no tenía muchas salidas el atribulado Don Edgardo. La intelectualidad en Puerto Rico esta secuestrada, chantajeada por sus pares, mediante la estrechez de pensamiento basada en la triada del nacionalismo, el antiamericanismo y el anticapitalismo.

Ya veré como puedo recoger para el Quantum, de una manera más organizada toda esta reflexión que tú, instigadora de estos viajes a las profundidades de las cosas, me has provocado lanzar aquí.

Luzma Umpierre dijo...

Gracias. Haces observaciones muy importantes que pocos se atreven a atajar y, si lo hacemos, se nos quiere hacer polvo por diferir. Un abrazo grande y si, puertorriqueno desde la Florida.

Luzma Umpierre dijo...

Gracias por tu analisis. Son pocos los que se atreven a refutar ideas semejantes a las de Rodriguez Julia y, si lo hacemos, se nos quiere aplastar ante la irracionalidad de que no se puede "diferir." Un abrazo grande y, si, puertorriqueno desde la Florida.