martes, 23 de marzo de 2010

Santiago Mari Pesquera: la violencia absurda del fanatismo ideológico


El 24 de marzo próximo se cumplen 34 años del asesinato de Santiago Mari Pesquera. Una víctima de los extremismos de la guerra fría, Chagui, como le conocían sus amistades cercanas, fue asesinado a la edad de 23 años. Ser hijo de Juan Mari Bras, líder principal entonces de una organización independentista y socialista en Puerto Rico, fue causa suficiente para ser víctima de la violencia injustificable que terminó con su vida.

No hay nada que justifique los extremismos fanáticos de quienes, durante los años setenta del siglo que pasó, se identificaban a sí mismos como de derechas o izquierdas, luchadores contra el comunismo o revolucionarios anti-imperialistas. Nada. Sólo hay los datos que tal vez, y sólo tal vez, puedan sugerir el contexto en el tiempo, una descripción, entre varias, de ese momento histórico.

Ahí están las circunstancias y las expectativas de una guerra caracterizada de manera eufemística como “fría” entre la entonces Unión Soviética y los Estados Unidos, el escalofriante ajedrez geopolítico y militar con miras a la consolidación de las líneas de defensa y ataque de cada bando, los operativos de inteligencia y espionaje, las afiliaciones y alianzas de partidos y movimientos con las potencias que representaban los diferentes campos ideológicos en conflicto. Completa el expediente el estado de desarrollo de una cultura política, al menos en este hemisferio, conforme a la cuál, para los extremos beligerantes, la aniquilación ejemplarizante, la eliminación física del otro, del enemigo ideológico, era un objetivo estratégico categórico e irrenunciable.

Ello me lleva a recordar las palabras de Reinaldo Escobar, periodista y disidente cubano, al comentar el concierto de Juanes en Cuba el año pasado, particularmente en su rechazo a los extremismos:

“Ya tuvimos un 1959 que se llamó “El año de la liberación” con aquellos tribunales revolucionarios dictando sentencias de muerte que se ejecutaban inmediatamente. Me recuerdo a mí mismo con apenas doce años gritando “¡paredón, paredón, paredón!”. Sí, ya sé que no era mi culpa, pero tardé demasiado tiempo en horrorizarme.

…Nadie puede dividir en dos bandos a toda una nación. A ver, usted que me está leyendo, ¿en cuál saco quiere que lo echen?, ¿donde van los que hicieron explotar un avión en pleno vuelo en el que viajaba nuestro equipo de esgrima, o en el que están los que hundieron el remolcador 13 de marzo, cargado de inocentes? ¿En el saco de los que ahorcaron al alfabetizador Manuel Ascunce o en el de los que ordenaron derribar dos avionetas desarmadas?” (Reynaldo Escobar, Una sola familia, énfasis en itálicas por el Quantum.)

A estas alturas del tiempo pasado, uno quiere pensar que atrás han quedado aquellos extremismos asesinos, aquellas beligerancias delirantes para defender fanatismos políticos e ideológicos. Mucho se ha caminado desde los años ’70 del siglo pasado hasta el presente para que aún haya quien pretenda justificar la violencia contra el opositor, contra la idea distinta, contra el derecho del otro a expresarse. La realidad, como sabemos, es mucho más compleja, sin embargo.

Mientras tanto, quisiera pensar que, adentrados como estamos en pleno siglo 21, el recuerdo de este evento maldito no pasará en vano. Que esa cicatriz absurda que dejó la intolerancia en nuestra memoria, contribuirá, al menos, a tener presente, y comprender, la importancia del derecho a la libertad de expresión y de conciencia política; a rechazar los extremismos asesinos por parte de cualquier campo ideológico, y la represión de ideas y opositores por gobiernos decadentes.

Me imagino que para los dolientes de Santiago Mari Pesquera —ello, con toda razón— las entrañas, el amor, y el recuerdo, exigen cosas más concretas que estos comentarios de mi parte y, de paso, más significativas. La divulgación de toda la información en manos del Estado sobre el proceso investigativo y las circunstancias de su asesinato debe ser en toda justicia una de ellas. El Estado tiene la palabra.

Reciba la familia Mari-Pesquera mi solidaridad y mis respetos.


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