domingo, 13 de septiembre de 2009

Tamara en Internet

Acaso mis recuerdos reclaman sus propias palabras. Acaso mis recuerdos están marcados por los rostros y las imagenes del espanto. Los recuerdos que relaciono con los "onces de septiembre", incluyen, además, mi tránsito, siendo mucho más joven, por la escuela Julio Antonio Mella, ubicada en el sector La Habana del Este de la capital cubana, cuyo propósito era la formación política de jóvenes de la propia Cuba y de otros países, desde la perpectiva, desde luego, del régimen.

Algunos de mis amigos cubanos deben tener algún referente sobre ese lugar en el tiempo y el espacio de sus vidas. Tal vez un conocido, mucho mayor que el promedio de ellos, cursó estudios allí; qué se yo, quizás alguien les ha contado una anécdota relacionada con lo que es hoy parte de las facilidades de la Villa Panamericana y que "estaba, si tomas la carretera hacia Cojímar, sí, después de pasar el túnel, hay que pasar el Naval, luego hay una carretera a mano izquierda que lleva hasta la playa, casi al final, a mano derecha, hay una entrada, allí estaba la escuela". Dos rutas de transporte colectivo: en aquellos años, la 95 y la 195. El 11 de septiembre trae a mi mente éstos y otros sueños vívidos, a pesar de la distancia. (Continua)

Las otras noches, sumido en una nube de nostalgias, visité nuevamente aquellos meses en Cuba. Se instalaron en mi mente los recuerdos de la isla, de mi amistad con los compañeros chilenos, de sus semblantes y sus esperanzas puestas a prueba; recuerdos de la generosidad de la que fueron capaces aquellos jóvenes en sus veintitantos años.
















Enfocadas por una luz brillante, en esta sucesión de eventos en una nébula del tiempo paralelo, hallé a nuestra amiga Tamara, y a su hija, Irina, nombres falsos como era la costumbre en aquellas circunstancias, aún si se participaba en una insípida e inofensiva escuela de cuadros. Nuestra amiga, sí, porque Alba, llamémosle Alba, delegada junto a mi en la escuela de marras, compartía el dormitorio y una extraordinaria amistad con ella. Junto a ella, cruzaron ante mis ojos, como fantasmas, nuestros otros amigos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile con quienes, paradójicamente, habríamos compartido, entre otras cosas, tradiciones y celebraciones que no eran reconocidas como tales en Cuba.

Regresé de Cuba a fines del verano del año '83, dejando atrás amistades cubanas, chilenas y de otros lugares que no es necesario mencionar. En octubre del año '85 regresé a La Habana, esta vez junto a un joven dirigente de la Federación de Universitarios Pro Independencia, para un evento organizado bajo el lema "la deuda externa: impagable e incobrable". Tamara y yo rehicimos contacto en la Misión de Puerto Rico, que para aquella época era administrada por el Partido Socialista Puertorriqueño, localizada en el Vedado, un sector hermoso de La Habana, plagado de edificaciones y residencias de diseños diversos, algunos de ellos de los años '20, dedicadas muchas de ellas, al menos para aquellos años, a restaurantes, librerías, o a ser la sede de algún movimiento de izquierda.

La chilena de hablar rápido, convicciones duras, y pequeña estatura, que compartió con nosotros durante los meses que estuvimos en la escuela de cuadros, desde septiembre del año '82 al verano del '83, lucía cambiada, y su rostro reflejaba una tristeza lejana, como si todo lo que quisiera fuera poder regresar a la casa de sus padres en Recoleta, en Santiago de Chile. Aunque seguía siendo nuestra cariñosa amiga, era evidente que las privaciones económicas lesionaban sus esperanzas, sus convicciones ya no eran igual de radicales, y le eran escasos los recursos para la subsistencia de ella y su hija.

















Conversamos largamente y repasamos nuestras experiencias y frustraciones de la escuela de cuadros, así como la decepcionante realidad cubana, como la veíamos desde "adentro", y no desde la perspectiva de las organizaciones políticas pro-cubanas del exterior. Después de un buen rato, me pidió, con su rostro lleno de vergüenza, el envío de alguna ayuda económica desde Puerto Rico. Le contesté que podía contar con ello. Tamara hizo algo más. Me confió su nombre real y su dirección en Chile, violando el principio de seguridad del que hablé hace un rato. Todavía guardo la información en un lugar especial como si siguiera existiendo la dictadura.

Una vez en Puerto Rico, no fui capaz, a pesar de mis deseos, de cumplir mi promesa. Por ello siempre habría de tener en mi interior el peso, que para mi era terrible, de una promesa que no pude cumplir. Esas cargas, como se sabe, si no son atajadas, pueden amontonarse con otras culpas, hasta hacerse infinitas y perseguirnos endemomoniadas hasta el día final de nuestras vidas. Es el tipo de cosas que nunca nos perdonamos nosotros mismos, no importa las circunstancias que nos llevaron a actuar de la manera en que actuamos, en el momento en que lo hicimos.















Desde la última vez que conversé con mi amiga, han pasado veinticuatro años. Al cabo de todo ese tiempo, el universo, el cosmos, Dios, cualquiera de ellos, en el orden que se prefiera, han sido generosos conmigo. Aquella noche de nubes y fantasmas, entré el nombre real de Tamara en una de los sistemas de búsqueda en Internet y aparecieron dos entradas con su nombre, al lado del número 462. Tamara, o tal vez su hija Irina, si alguna de ellas está leyendo este post, saben a lo que me refiero.

Sentí un alivio profundo, alimentado por el recuerdo del rostro y la lectura de aquél nombre real, e innombrable, en aquella página de la red. Tamara, nuestra amiga chilena, sigue en sus luchas, a pesar de todas las torturas y los episodios terrible que le tocó vivir, tras un once de septiembre del año '73 en Chile. Tamara, la chica chilena de hablar rápido, convicciones duras, y pequeña estatura, está por estos mundos terrenales haciendo lo suyo, según mejor lo entiende. Sobrevivió la vida dura del exilio en Cuba, y el incumplimiento de mis promesas. Es natural. Sólo espero que ambas, Tamara e Irina, se encuentren felices y tranquilas en su país. Estoy seguro de que Alba compartirá esta alegría.

Ese hecho sencillo y contundente de la otra noche me ha llevado a pensar en muchas cosas; pero sobre todo, me ha hecho, al menos un poco más, un hombre feliz. Ello, a pesar de todos los otros recuerdos que alimentan en mi la indignación y el espanto estos días de septiembre.

Notas y Créditos:
1. Fotos de Cuba (El Morro y Vista de El Vedado) de Cubano Sol del blog Fotos desde Cuba.
2. Foto a contraluz y siluetas, Google Images.

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